La sombra del ciprés es alargada – Miguel Delibes

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Ayer me senté a la sombra de un ciprés, y mientras el viento trataba de mecerlo se pensaba sobre la nada. Era el día de la muerte, en el que todos la miran de reojo. Pero están juntos, porque da miedo, y cuando un hombro roza el otro el peligro parece menor, hay compañía. Lo que da miedo de la muerte es estar solo, a la sombra de un ciprés, porque él no acompaña.

Ya hace tiempo que se escribió esta historia, y más remoto aún es el día donde se cuenta. España da asco, está más negra y codiciosa que nunca, la necesidad y la sangre la han llevado ahí. El protagonista es un niño, y víctima de un destino torcido llega a una casa donde no es bienvenido, allí se le hará un hombre, allí aprenderá a pensar. No a través de las enseñanzas de su manido y hermético maestro, sino a través de sí mismo, de sus reflexiones, de su intensidad. El niño no ha sido nadie ni lo será, su vida es intrascendente, monótona, está muerto por dentro. Nada lleva a nada cuando abrazado por la soledad más descorazonadora llega un compañero, un igual, otro niño desgraciado.

La unión entre ellos aunque reticente al principio no tarda en forjarse, nada puede frenarla. Se conocen y se comprenden, se acompañan. Son afines, lo mismo de parecido que de distintos, y mientras sus cuerpos y mentes maduran están juntos, al lado. El primero es fuerte y sano, más que rabia le embarga la resignación, la apatía hacia un futuro que le viene impuesto, mira a la vida serio y apretando los dientes, y así la vivirá. El compañero, el que llega más tarde, es débil y enfermizo, está lleno de rabia y de odio, ha conocido un pasado mejor que su presente y eso le lleva a la frustración, y lo consume, y lo mata.

Las anécdotas se suceden, el lazo cada vez se aprieta más y más. Y un día, a las puertas del templo de la muerte, observando los árboles que lo abrazan, le dice el flojo al fuerte, Amigo prométeme una cosa, Si, te la prometo, Prométeme que cuando muera mi cuerpo nunca será guardado por la sombra de este árbol, y ante ellos un ciprés alargado. La sombra del ciprés, afilada y fría no resguarda con amor el cuerpo del que otrora estuvo vivo, sostiene su cobijo con desdén, con indiferencia, sin amarlo como a un igual, y a este niño débil y sensible le aterra. El ciprés está muerto, el ciprés es muerte y da miedo que esté al lado de lo vivo. Él quiere ser enterrado bajo el cobijo de una sombra sonriente, cálida, que le quiera y le acune incluso ya muerto. Lo vivo con lo vivo y lo muerto solo está.

Con eso me quedo yo de este libro, la historia prosigue más allá de estas reflexiones, pero va a morir donde su título anunció, hacia el centro de esta idea. La muerte representada como un árbol y a través de ese símbolo, lo efímero de la vida en dos cabezas jóvenes y vivas, llenas.

Tengo el placer de ver el miedo a la muerte desde bien temprano. Conozco a un niño que con tan solo cuatro años ya la teme. Le da miedo el vacío, desaparecer, la incertidumbre de la nada. Él es puro, está lleno, y su genuinidad es lo que le permite temer. Su miedo no es directamente hacia la muerte, es hacia la sangre. Le tiene una fobia irresistible, cuando la sangre está encima suya enloquece. Yo le pregunté qué porque le daba tanto miedo, y él me dijo que no quería secarse, que le daba miedo que siguiera saliendo y que no quedara, que dejara de brotar la herida. El niño mira arriba y el sol le ciega, se sienta bajo la sombra, y es la de un ciprés, y es alargada.

Ilustración Mellado

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