Guárdate de los cisnes negros

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Lo que es más extraordinario aún es que un vidente le había advertido del grave peligro que le amenazaba en los idus de marzo, y ese día cuando iba al Senado, Julio César encontró al vidente y riendo le dijo: «Los idus de marzo ya han llegado»; a lo que el vidente contestó compasivamente: «Sí, pero aún no han acabado».

Plutarco

A lo largo de la Historia hemos observado cambios que han arrojado a nuestra especie hacia distintas épocas donde, o bien se rompía con el estado anterior de las cosas o bien se integraba lentamente un sinfín de cambios de lo establecido a lo nuevo, de lo que muere y deja de ser a lo que nace y será, determinando el curso de los acontecimientos. Por lo general, estos cambios tienden a ser paulatinos, se integran en las costumbres, las lenguas y los pilares que sustentan y condicionan a las culturas. Pero nuestra Historia sufre picos, cambios que empujan a nuevos paradigmas, nuevos problemas y nuevas soluciones en una historia de violencia y de avances científicos. Es decir, aquella en la que usted y yo pintamos poco o nada. Estos eventos inesperados son conocidos como cisnes negros y han determinado el curso de los acontecimientos desde que salimos de las cavernas hasta cuando, probable y merecidamente, volvamos a ellas.

Todos sabemos como acabó César por ignorar a los augures y no guardarse de los Idus de Marzo del 44 a.C., aunque ignoramos si su dicha hubiera cambiado con los años venideros. Lo único que conocemos fue su consecuencia más inmediata: el fin de la República y el comienzo del Imperio Romano. Dicho magnicidio, así como cualquier otro atentado o evento cuyo cariz es súbito y mayormente inesperado por el conjunto de la sociedad de una época, conlleva una serie de cambios drásticos y mayormente traumáticos por adolecer de una alternativa al estado anterior de las cosas, por el propio hecho de ser inesperado y por derivar en una serie de circunstancias que suponen un punto de no retorno en el devenir de los acontecimientos, así como puede ocurrir en otros sucesos históricos quizá no tan reconocibles por nuestra memoria colectiva y los libros de texto. La valencia positiva o negativa de estos eventos pertenece al observador, porque no cabe duda que ante dichos cambios existe un balance de pérdidas y ganancias, y nunca se está preparado para las primeras. El Atentado de Atocha el 11 de Marzo de 2004, el Crack del ´29, la muerte de JFK, la crisis del petróleo del 73 o los Atentados de París del viernes pasado son buenos ejemplos. Por otro lado, la puesta en marcha y dominio de Internet durante la segunda mitad del siglo pasado supuso una revolución que se mantiene y crece en las últimas décadas, cambiando la manera de percibir el mundo desde que su uso fuera global, ya fuese por la difusión sin restricciones del conocimiento científico o de las redes sociales. Pero no hay un cisne negro en nuestra Historia reciente que se le pueda comparar a los Atentados del 11 de Septiembre y el impacto que socavó en el mundo occidental. Nada, absolutamente nada ha tenido tanta trascendencia como ver la caída de las Torres Gemelas. Tanto es así que marcó el inicio del siglo XXI más allá de medir la tragedia en vidas humanas, donde otras catástrofes elevaron muchísimo más sus listas de muertos. Porque aunque nos duela, seguimos teniendo ese filtro. Sus muertos, mis muertos, tus muertos. Es inevitable, es adaptativo, es sucio, es humano y, lo que es peor, muy necesario.

¿Recuerdan el Terremoto del Índico, aquel cuyos tsunamis engulleron medio millón de vidas humanas en la Navidad de 2004? ¿Y el de Haití? Fueron las catástrofes naturales más devastadoras de la Historia de la Humanidad y sin embargo nuestros cerebros no reaccionan por igual ni los recordamos con la misma intensidad. De todo esto tiene gran parte de culpa la amígdala, región cerebral localizada en las regiones internas de los lóbulos temporales y que se asocia a las reacciones emocionales más hardcore, como el miedo y la ira. La memoria, principalmente la memoria episódica (o biográfica) que se cristaliza en los hipocampos, está ligada a las emociones. Son, digámoslo así, su fuerza motriz, la que permite que grabemos a fuego ciertas circunstancias de nuestras vidas. El miedo, la ira, la tristeza, el asco o la alegría son las herramientas que posee nuestro cerebro para recordarnos qué somos, la importancia de los que ya no están, que no nos tropecemos siempre con la misma piedra o que la Cruzcampo es veneno. A mayor intensidad emocional, mayor impacto y fuerza del recuerdo. La familiaridad y cercanía que observamos respecto a estos eventos y las circunstancias que los rodean y nos rodean (como la cultura, la cercanía geográfica, la cotidianidad del asunto y la probabilidad de que si vuelve a pasar, te pase), actúan como filtro para una serie de reacciones ante estos cisnes negros y determinan en cierta medida el impacto emocional que actúa como otra criba y nos permite ordenar en importancia a los mismos.

Pero, ¿por qué los llamamos cisnes negros? Juvenal, poeta muy posterior a César y a los primeros emperadores, afirmó que “rara avis in terris nigroque simillima cygno” (un ave rara en la tierra, y muy parecida a un cisne negro”) para explicar que existe fragilidad en cualquier sistema de pensamiento canónico ante los sucesos inesperados. La razón radica en que, por entonces, se desconocía la existencia de cisnes que no fueran blancos, idea que no se recuperaría hasta muchos siglos después y se superaría posteriormente. ¿Cómo? Pues descubriendo, efectivamente, que existen cisnes negros.

Durante buena parte del siglo XVI y XVII la expresión de Juvenal fue de uso común en Londres y lo suficientemente popular para describir estos sucesos de naturaleza imposible y que, por lo tanto, no pueden existir. A finales del mismo siglo una expedición de rescate tripulada por holandeses se dirigió a Australia Occidental uniéndose a la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, que a su vez tenía en mente la empresa de rescatar lo que quedara de una nave de la Compañía casi un siglo atrás. Durante su búsqueda exploraron el estuario del río Swan, que posteriormente sería colonizado por ingleses fundando la ciudad de Perth. Río arriba descubrieron lo imposible: existen los cisnes negros.

Como podéis prever, aquello supuso una conmoción en la sociedad de la época y abrió un encarnizado debate sobre su existencia. ¿Cómo era posible que existiera algo imposible? Al fin y al cabo, no habían visto cisnes que no fueran blancos. Eso sí, el susto les duró poco porque a posteriori se convertiría tristemente en el animal ornamental de moda en los jardines de la alta sociedad americana y británica. Por otra parte, este hecho proporcionará la base de Stuart Mill para explicar la falacia de que “después de haber observado muchos cisnes blancos particulares podría inducirse el enunciado universal «todos los cisnes son blancos»;  ahora bien, una gran cantidad no equivale a la totalidad; muchos —por más que sean— no puede equipararse a todos”. Esta falacia del cisne negro la empleará para poder demostrar que un conocimiento científico es meramente probable, aunque no necesario.

Recientemente, el investigador libanés Nassim Taleb (2007) publicó un ensayo que intentaba superar dicho problema filosófico con lo que, a su entender, es la diferencia entre la falacia anterior y la Teoría del Cisne Negro, propiamente dicha. En El cisne negro: el impacto de lo altamente improbable (Ed. Paidós América) describe estos sucesos como eventos de gran impacto cuya naturaleza atípica supone una sorpresa para el observador y que posteriormente se racionalizarán retrospectiva pero no prospectivamente hablando:

Una pequeña cantidad de Cisnes Negros explica casi todo en nuestro mundo, desde el éxito de las ideas y las religiones, a la dinámica de los acontecimientos históricos, hasta los elementos de nuestra vida personal.”

El autor hace hincapié en preparar a la sociedad (construir robustez, lo llama) ante los sucesos de cariz negativo y poder aprovechar los positivos. El problema radica en que entre estos existe una proporción desigual, lo cual es fácilmente observable por todos nosotros. A menudo, estos cisnes negros tienen una naturaleza traumática, difíciles de digerir, más allá de la sorpresa del observador ante eventos inesperados. Por otra parte, todos nosotros tendemos a simplificar la realidad, a tomar atajos para procesar la eventualidad de lo que sucede o puede suceder en nuestro mundo. Estas reglas probabilísticas se denominan heurísticos y son las grandes culpables de que usted entienda su realidad y yo la mía. A través de ellos, tenemos en cuenta sólo una parte de la información que absorbemos y, de ésta, otra ínfima parte que inferimos y transformamos en información útil, descartando todo lo demás.

Por tanto, son necesarias más que nunca la información veraz y la educación universal, nuestra única prueba de que seguimos aquí pese a todo y nuestras únicas armas para crear dicha robustez, para prepararnos ante lo que está por venir y continuar con esta huida hacia adelante a la que llamamos Historia.

Ilustración para Hijos de Mil Padres de Mellado

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