¡Ah!

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“Ah, lo olvidé, ustedes dan dos besos. Un gusto, flaco, un gusto”,  dice Isabel, uruguaya, morena tintada, chaqueta de piel que estrena una jubilación en Europa. Isabel me observa con una sonrisa maternal. Yo me estoy preparando el desayuno.

A él lo llamaré Gustavo. Gustavo está sentado en una silla del salón y apoya la espalda en la pared. Saludé a Gustavo hace un rato. Le di la mano y le dije mi nombre y él me dijo que estaba agotado y que era un gusto conocerme. Asentí para dar por concluida la charla y me topé con sus ojos, fijos en mi pantalón. Supongo que se quería formar una imagen de mí y supongo que mi tos y mi pantalón corto sucio y la voz de un judío canadiense filtrándose bajo la puerta de mi habitación son determinantes.

Isabel me observa con una sonrisa maternal. Yo me estoy preparando el desayuno. No para de hablar. Algo me impide escucharla. Noto sus pestañas sobre mi nuca y mentalmente enumero los gestos apropiados: fuego lento, sonreír, tararear alguna melodía alegre, fregar mientras tengo el fuego encendido y no quedarme mirando, con cara de meter la cabeza en el cazo, cómo el agua empieza a hervir.

Se me escapa una carcajada. Isabel me sigue observando. Creo que se pregunta qué me hace gracia exactamente de todo lo que me está contando. Yo tampoco sé qué me ha hecho gracia. Cruzo el salón. Me siguen observando. Sonrío. Gustavo no sonríe. Su cabeza apunta al suelo. Sus ojos me escanean. La voz del judío canadiense sigue filtrándose bajo la puerta de mi habitación.

Me siento frente a Gustavo y desayuno. Él se gira y me sigue mirando. Golpea la mesa con las palmas de las manos como diciendo BUENO, VAMOS ALLÁ. Me pregunta qué hago. Estoy a punto de decirle que estoy desayunando, respirando y hablando con él. A veces respondo así de gilipollas. Supongo que esa respuesta no le gustaría, y yo salí de mi habitación con el deseo ferviente de parecer encantador. Le cuento toda la historia. Asiente con los labios apretados. Dice: “che, no está mal”. Isabel sigue la conversación desde el sofá. Tiene una revista de interiorismo sobre las piernas. Ahora Gustavo me mira con suficiencia y yo creo que estoy hasta los huevos de sonreír. Sigo sonriendo, pero hay algo en mi cabeza que me golpea.

Vuelvo a mi habitación. El judío canadiense canta que un puñado de héroes solitarios y pendencieros fuma en la carretera. Me duele la mandíbula de tanto sonreír. No sé qué significa que me duela la mandíbula: ¿me duele porque sonrío demasiado o porque no suelo hacerlo y mi cuerpo acusa los gestos inesperados? No quiero hablar. La gata, sorda, duerme sobre el router. Quizá porque está caliente o  porque tiene luces o porque no se mete con ella; yo qué sé cómo piensa una gata sorda. Al otro lado de la puerta hay cuatro ojos que van a por mí. El judío errante ordena a su banda que deje de tocar. Se acerca y susurra que algunas personas son animales hambrientos a los que hay que lanzarles la comida desde cierta distancia.

Calla y  noto el sabor de la sangre. Recupero la movilidad en la mandíbula, pero no la controlo. Empiezo a hablar. Digo: “Que le den por culo a parecer y a los gestos y al fuego lento y a soltar aire y estirarme antes de abrir la puerta y a las camisas planchadas y a causar buena impresión y a los relaciones públicas y a decir `gracias´ cuando no tienes nada que agradecer y a evitar temas polémicos y al SEO y a los CEO y a los community manager y al marketing y al benchmarking y al posicionamiento web y a las sonrisas de los maniquís y a los emoticonos de facebook  y whatsapp que suavizan una frase y a pasar la tarde en el centro comercial y a la comida ecológica y a los eufemismos y al buenismo y a la socialdemocracia y a las películas con final conclusivo y a las preguntas con respuesta inequívoca y a los parques vallados y a decir un placer cuando no sientes placer”.

Callo. Me pongo de pie, acerco la cabeza a la ventana y consigo respirar. Ya controlo mi mandíbula.

Abro la puerta y miro a Isabel y a Gustavo. Les pregunto: “¿Por dónde empiezo?”.

Ilustración para Hijos de Mil Padres de Mellado

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