De trepanaciones y daimones

Daimones-trepanaciones

“Los cenobitas de la Tebaida se hallaban sometidos a los asaltos de muchos demonios. La mayor parte de esos espíritus malignos aparecía furtivamente a la llegada de la noche. Pero había uno, un enemigo de mortal sutileza, que se paseaba sin temor a la luz del día. Los santos del desierto lo llamaban daemon meridianus, pues su hora favorita de visita era bajo el sol ardiente. Yacía a la espera de que aquellos monjes que se hastiaran de trabajar bajo el calor opresivo, aprovechando un momento de flaqueza para forzar la entrada a sus corazones. Y una vez instalado dentro, ¡qué estragos cometía! Cuando tal cosa ocurría el demonio sonreía y podía marcharse ya, a sabiendas de que había logrado una buena faena mañanera”.

Aldous Huxley, Al Margen (1923)

Corría el año de 1865 cuando Ephraim G. Squier presentó un cráneo sumamente especial ante la Academia de Medicina de Nueva York. Siendo nombrado personalmente diplomático en Perú por Abraham Lincoln, desató su perfil aventurero como antropólogo aficionado por las viejas tierras de los huarí, los nazca y los incas. Dicho afán obtuvo su recompensa en una seca tarde del verano de 1864. Squier, beneficiado por su posición y su don de gentes, hizo buenas migas con las familias criollas de Cusco que todavía poseían cierto abolengo y verían en él un símbolo de progreso y apertura anglosajona del Perú al exterior, viviendo el clima de tensión diplomática que sería la antesala de la Guerra Hispano-Sudamericana. De entre todas estas socialités destacaba la señora Zentino, una vieja dama poseedora de una colección enorme de reliquias del Antiguo Perú y de aquellos que pisaron sus terrazas esculpidas por la mano del Hombre, el Sol y los vientos helados de los Andes. Maravillado por la exclusividad de su colección, jamás vista por un extranjero, nuestro aventurero exploró esta vez la hospitalidad y el buen hacer de la señora, señalando con un gesto de incredulidad cierta calavera de entre todas las reliquias precolombinas que atesoraba la casa.

En ella, Squier observó una porción de cráneo que se había retirado intencionalmente intuyendo, con casi plena confianza, que fue con fines terapéuticos o rituales pero que, en cualquier caso, existía intencionalidad y maestría en su ejecución. Los restos fueron desenterrados en la región del Yucay, el Valle Sagrado de los Incas, y mostraba una trepanación efectuada con una disposición rectangular de 15 por 17 milímetros en la región prefrontal del cráneo, lo que hacía singular a la pieza. Es cierto que no hablamos del primer hallazgo de este tipo, pues existen registros anteriores sobre craneotomías halladas en Europa, aunque la razón de estos signos de cirugía se mostraba ambigua, oscilando entre fines quirúrgicos y litúrgicos, y ejecutados con menos destreza en épocas muy anteriores. Lo que hacía especial a la porción de calavera que observaba, no eran los signos de regeneración ósea que no mostraban aparentemente los surcos y bordes de hueso trepanado, como admitiría posteriormente Squier, sino una conclusión que abarcaría circunstancias ajenas al descubrimiento en sí y enfrentarían las viejas ideas supremacistas de las potencias coloniales con la aceptación de teorías que permiten otorgar a las culturas precolombinas amplios conocimientos médicos, entre otras disciplinas determinantes en una cultura como lo son las matemáticas, la astronomía o la arquitectura. La señora Zentino, observando el desmesurado interés por la reliquia en su invitado americano, comprendió que con casi toda probabilidad la calavera encontraría un final mucho más merecido en su estudio por parte de la comunidad científica que comiendo polvo entre todas sus tesoros precoloniales, cediéndole así la pieza con la mejor de las intenciones a su invitado.

Encontrándose ya de vuelta en Nueva York, el diplomático presentó la muestra ante los sabios cirujanos de la Academia. El revuelo se desató aparentemente debido a que la calavera no llegaba en el momento más oportuno con todo ese tufo de supremacía colonial que embriaga a todos los aspectos de una sociedad, incluida las ciencias. La premisa con la que construyeron dichas ideas partía de tres principios irrevocables como son la inteligencia, la raza y el tamaño del cerebro y a partir ahí concluyeron durante muchos, muchísimos años, que el hombre blanco poseía un cerebro superior y, consecuentemente, una mayor inteligencia. La frenología, así como otras disciplinas pseudocientíficas, fue la base para el estudio etnológico y antropológico de la época, así como la justificación para el expolio y el sometimiento de los pueblos que tuvieron la mala suerte de cruzarse en el camino con las potencias occidentales.

De entre todos los expertos que trastearon el cráneo, sobresalía la figura de Paul Broca. Este neurocientífico y antropólogo francés, conocido entre otras razones por darle nombre al área cerebral más determinante para la articulación y producción del lenguaje (Área de Broca) o sus estudios sobre la dominancia de los hemisferios del cerebro, puso su granito de arena para la concepción antropológica supremacista anterior y, sin embargo, se vio con la necesidad de permitirse dudar. No hay otro modo para avanzar en la ciencia y lo hizo. Vaya si lo hizo.

Concluyó que los restos pertenecían a un varón joven, sometido a tan delicado procedimiento quirúrgico intencional y probablemente con el diagnóstico y la determinación por disminuir la presión intracraneal debida a un traumatismo craneoencefálico cerrado. Además, mientras observaba la calavera pudo comprobar que la trepanación no había provocado fractura en el hueso y que el paciente sobrevivió a la cirugía, con lo que le llevó a determinar que, sin entrar en las razones por las que se llevó a cabo la trepanación ni si el diagnóstico fue o no acertado, existían muestras suficientes de una cirugía avanzada y del empleo de material apropiado para tratar dichas afecciones, lo que permitió la supervivencia del paciente hasta cerca de dos semanas después de la operación y, probablemente, la de muchos otros durante muchísimo más tiempo. Esto acrecentó el interés de la comunidad científica por las trepanaciones en épocas pasadas, tanto en América como en Europa, hallando nuevas excavaciones repletas de cráneos con señales de haber sido realizadas muchísimo tiempo atrás. Existen, de hecho, evidencias de trepanaciones encontradas en seres humanos prehistóricos.

No en vano, desde finales del Mesolítico y el Neolítico podemos trazar la línea en la Historia para este tipo de intervenciones quirúrgicas y vienen, si me permiten la licencia, con manual de instrucciones. Me refiero, claro está, a las pinturas rupestres que acompañan a estos restos humanos, con indicaciones sobre la realización de agujeros perforados que permitía la salida, a modo de exorcismo baturro, de demonios o espíritus malignos. O lo que viene ser al caso, una persona que no se comporta normal, bien por trastornos mentales y neurológicos, formaba por norma general parte de esa población diana en las trepanaciones.

Sí, se realizaron muchas trepanaciones y sí, en prácticamente todas las regiones del mundo, pero el grado de complejidad en su modo de operar y los amplios conocimientos médicos que mostraban este tipo de tratamientos en ciertas culturas precolombinas supusieron un cambio a la hora de tener en cuenta a las culturas de épocas pasadas y sus avances tecnológicos. No se trataba del corte, que de por sí se puede llegar a considerar hasta elegante; tampoco hablamos de los instrumentos, que eran poco rudimentarios, sino de la cantidad de trepanaciones con signos de regeneración ósea que se han ido descubriendo en un siglo y medio. Para que se hagan una idea les diré que entre el 70 y el 80 por ciento de los cráneos trepanados hallados en estas regiones muestran signos de supervivencia posterior a la intervención quirúrgica. Que conste, hablamos de un mínimo de cinco siglos de antigüedad y sí, con las manos bien rebosantes de mierda y el peligro acechante de infecciones. Aún con todo el riesgo que desentrañaba, un procedimiento como tal implicaba una serie de pasos concretos, como desprender el cuero cabelludo, limpiar la herida y retirar la parte ósea. Se realizaban entonces una serie de incisiones redondas o cuadrangulares en el cráneo, sin afectar tanto al cerebro como a las meninges, y por lo general no eran especialmente grandes (de 3 a 5 centímetros como máximo) para garantizar la supervivencia de los pacientes. Por su parte, para prevenir una infección bacteriana en la herida, normalmente se empleaban pequeñas placas de oro o plata, cubriendo el hueco trepanado. El tiempo de realización para las trepanaciones se limitaba por lo general a unos 40, quizás 50 minutos a lo sumo, sin un interés de alargar en exceso la operación principalmente por la falta de anestésicos eficaces. Porque les aseguro que ni un saco lleno de hoja de coca les impedirá cagarse en la puta madre de Pachacuti conforme  abran sus cueros cabelludos.

No obstante, no debemos confundir esta destreza con que los diagnósticos fueran certeros o que los motivos por los que se realizaban las trepanaciones, así como otros métodos quirúrgicos y médicos en general, estuvieran fuertemente fundamentados por conocimientos anatómicos, y las relaciones entre enfermedades y síntomas fueran correctas y ajenas a la superstición. De hecho, el propio Broca, afirmaba que la línea que separaba lo medicinal y lo sobrenatural era realmente exigua, por no decir inexistente, teniendo en cuenta que hablamos de ciertas figuras, los trepanadores, a menudo obligados a las labores médicas con fines poco terapéuticos. Por ejemplo, en Europa tenemos restos de cráneos trepanados por el mero motivo de obtener amuletos, las denominadas rondellas. Éstas, de formas circulares y ovaladas se extirpaban el fin último de proteger contra el mal de ojo y otros males y, por normal general, este tipo de operaciones requerían conocimientos que solo poseían los chamanes y sacerdotes, figuras que jugaban papeles preponderantes en sus pueblos al poseer vastos conocimientos sobre la naturaleza del hombre, de los animales, las plantas y el Cosmos,  y que ejercían a su vez de nexo entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

Para ellos y en general (en Europa) para cualquiera que tratara una dolencia antes de la llegada de Hipócrates, los signos y síntomas de cualquier enfermedad en sus pacientes eran signos del Mal, haciéndolos portadores o más bien recipientes de demonios, ya fueran estos diversas formas de epilepsia, signos de una depresión, simples alucinaciones o contraer la rabia. Esos daimones, somatizados como emociones, pueden ser la expresión de los síntomas de cualquiera de nosotros que, necesitados de una verbalización externa, construimos un lenguaje universal, el de la queja, como razón para una especie social como la nuestra y una cultura como registro del saber de una generación a otra.

Desde que el hombre es hombre y alzó la vista al cielo, se ha preguntado acerca de todo lo que le rodea, sobre sus circunstancias y las relaciones entre los fenómenos que condicionan su existencia, y su papel en este mundo. Uno de los grandes problemas que se encontró fue el de no disponer de tiempo suficiente para hacerse más preguntas y sugerir respuestas, pasando estas de generación a generación, formando un lenguaje y una cultura que determinaría nuestra manera de entender las cosas y de cohesionarlas. Este gran problema, el de nuestra existencia, fue formando una miríada de razones que explica el origen del mundo y el Cosmos al cual estamos inexorablemente atados, determinando las cuestiones que nos hacíamos y nos hacemos todavía.

La enfermedad y la muerte son dos razones importantes para replantearse las cuestiones que nos han llevado hasta aquí, necesariamente unidas a aquellas que nos impiden seguir encontrar respuestas adecuadas, como la sinrazón y el oscurantismo avivados por el miedo a la muerte. Aún así, cometemos el error de verlas como elementos aislados dentro del orden natural de las cosas, de un todo inalterable. Tanto es así, que para la mayor parte de las culturas animistas el origen y el final radica en el mundo de los espíritus. Afortunadamente, la ciencia superó a la superchería y trajo consigo el conocimiento secular necesario para encontrar las razones de las enfermedades que padecemos y la cura de las mismas, pero para ello el camino recorrido ha sido por necesidad largo, duro y negro. Muy negro.

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