Un manco en Barcelona

Barcelona

Todas las putas calles son iguales. Si te pierdes a las 7 de la madrugada sin llaves un sentimiento de fobia te rebasa. De momento son las 2 de la mañana. La ciudad está llena de paralelas y no se atisba riesgo alguno de secantes. La llaman diagonal. Una de esas puñeteras líneas oblicuas que a algún renegado se le ocurrió hacer para darle morbo a la ciudad. Como diseñar cosas en blanco. En blanco todo es mejor, se notan menos los resquebrajos. En fin, son las 2 de la mañana. Mis amigos se han ido ahuyentados por las historias de guerra de un empresario gallego. Se dedica al sector alimentario y bebe cubatas mientras come pan con tomate. Son las 2 de la mañana, pero no es extraño. Mientras se limpia aprovecha para tragar y seguir contándome cómo combatió en la revolución de Nicaragua. Se rebaña los dientes con la lengua y añade “la revolución sandinista, chaval”. Dice que ahora los jóvenes somos maricones. Ellos echaron a un dictador y nosotros no somos capaces de mantener el culo pegado al suelo de la plaza de sol. Yo asiento. Mi generación no destaca por el desacato a la autoridad. Tampoco nos lo ponen muy fácil, pero aun así nos quejamos de las multas astronómicas. No tenemos la perspectiva de un balazo en la cabeza o una paliza cada noche en el patio de una prisión. “Chaval, me caes bien. Dime qué quieres que esta noche vas conmigo.” Hace tiempo que mis amigos se fueron y no tengo nada mejor que hacer. Y lo agradezco. Que les den a mis amigos. Un gallego barcelonés me seduce con su acento y al parecer no piensa dejarme pagar.

   Caminamos por la calle. Hace bastante frío. Son las 3 de la mañana. Mi acompañante gallego me mira. Lleva las manos metidas en los bolsillos y se inclina hacia atrás para soltar una leve sonrisa, de esas en las que se te entornan los ojos preparándote para decir algo. Un instante antes de que suelte una sílaba veo en sus gafas un reflejo magenta. Vuelvo la cabeza y miro hacia la cornisa que corona nuestras cabezas. “Chaval, ¿quieres entrar a este bar? Es una maravilla.” Las farolas iluminan muy poco y las que lo hacen están flanqueadas por las frondosidades de los árboles. A dos calles está el piso donde voy a dormir esta noche. No temo por los peligros de este bar, pero a pesar de estar en un barrio conocido y cerca del hogar tengo un mal presentimiento, aunque bueno, sigo sin tener nada mejor que hacer, así que entro.

   Atravesamos una especie de vestíbulo. Hay mesitas árabes a los lados y un cortinaje rosado recogido del techo a los muros. Todo en el interior es magenta. Al fondo tres mujeres aguardan sentadas en un sofá de cuero. Demasiados indicios como para no percatarme de que estoy en un prostíbulo. Me engarroto pero continúo la andanza y me siento en la barra. “Preciosidad, ¿cómo se llama usted?” La caucásica que atiende la barra le contesta que qué más da. Mi acompañante me mira y se descojona. “Chaval, dile lo que quieres a la dama sin nombre.” Le pido un whisky con agua y a él un gin-tonic. “Chicos, son 30€.” Me quedo blanco, nos ha llamado chicos. Este hombre supera los 60 años y nos llama chicos. Pero bueno, con esa edad y siendo un Rockefeller 30€ por dos putas copas podrá pagar. Saca la cartera, la abre por mil sitios, la vuelve a guardar, agita sus bolsillos y se toca el entrecejo. “Chaval, vas a tener que esperar aquí a que saque dinero. No tardo más de 20 minutos.” Me siento y bebo. Tres prostitutas me rodean y la de la barra me mira mal. Entiendo que un tipo con pinta de chivo satánico bebiendo whisky en un prostíbulo a las 4 de la mañana sin el dinero que un borracho de mirada esquizofrénica ha ido a buscar, pueda resultar sospechoso. Yo solo llevo 15€. Si el gallego me ha mentido estoy jodido, pero ya es tarde para preocuparse y los hielos se están derritiendo.

   Han pasado 5 minutos y empiezo a sentirme incómodo así que busco un tema de conversación. No es fácil enfrentarse a tres putas de distintas nacionalidades. Les ofrezco tabaco, pero la caucásica me dice que no se puede fumar. Bebo un trago, miro al suelo y me hago un cigarro. Me mira mal. Me dice que no me lo voy a poder fumar. Le digo que fuera hace frío y que me ayudará a entrar en calor cuando me vaya. Se preocupa por el gallego así que hablamos de él. Les digo que lo acabo de conocer y que es un tipo peculiar. A juzgar por sus risas deben conocerle. “Intuyen” que es buena gente y yo asiento. El bar es horrible, bueno es un prostíbulo, pero es un prostíbulo horrible, demasiado aséptico. Parece un pub moderno decorado por un asiático. Un puticlub debe ser sórdido o muy rococó. El resto es puta mierda. Le pregunto a la caucásica que cuanto tiempo lleva trabajando en este lugar tan bonito. Responde que unos meses. Le vuelvo a preguntar por el tabaco y me vuelve a decir que no.

   Una de las prostitutas es andaluza. En Sevilla era camarera, pero la echaron, se cansó de buscar empleo y se vino a Barcelona a probar suerte. La otra era colombiana. De esta solo sé que era una mujer de hijos, un tanto pesada y malintencionada. La otra era de Ucrania. Era la más reservada. No dijo una sola palabra. Mirada soberbia y soslayada. Supuse que no debía haber un trato decente entre ella y los regentes. La sevillana era amable y muy agradable. Asumían que no quería acostarme con ellas y adoptaron una postura amiga. Treinta minutos más tarde apareció el gallego. Hasta sentí rabia de no poder pasar un rato más con las muchachas. Pagó lo debido y la sevillana me dijo que quería ese cigarrillo. Salimos y charlamos. Mis amigos no paraban de llamarme. Les dije que ya iba. La sevillana me dejó fuera con la puerta entornada. No sabía qué hacer. Se acercaban las 5 de la mañana. Llevaba 3 horas con un adúltero del que conocía su pasado únicamente por su acento. No tenía llaves y empezaba a estar demasiado borracho. No hubo azar. Volví a entrar. Necesitaba saber qué me iba a deparar la noche.

   Como el preso que en la fuga siente el miedo de volver por no ser capturado, atravesé el vestíbulo. La sevillana y la colombiana estaban encaramadas al gallego en un sofá de cuero blanco. Reían como hienas. Me senté en la barra y bebí en silencio pensando en la mujer que hacía unas semanas me había roto el corazón. Estaba tan triste que no podía comprender que todo aquello era moralmente cuestionable. Ni siquiera me sentía mal por estar allí. Tras cinco años de relación tortuosa mi novia me dejó. Confesó no ser la de antes. Y entre trago y trago con la mirada perdida se me repetían esas palabras. “No soy la misma. Fuimos a destiempo. Tardaste demasiado”. Y claro, borracho el sentimiento de pérdida se magnifica y la moral se vuelve más laxa. “¡Chaval!” el grito del gallego me despierta. Me acerco al sofá. Me acojona la idea de mantener una conversación de alto nivel con las tres meretrices y el gallego, pero cual fue mi sorpresa al oírle decir. “El negocio de la leche está en declive. Como gallego sufro a mis compatriotas que cada día mandan al matadero a más vacas de las que pueden ordeñar por la miseria que les dan” Ya nadie se ríe. Entonces, estremecido por el cariz de la conversación, me introduce en ella el gallego. “¿Veis? Este chaval se pasaría su vida criando cabras si pudiera, pero los empresarios como yo lo condenaríamos a la pobreza” Añadí que con hijos de puta como Javier el mundo es un sitio peor, pero que luego te invitan a whiskey y se te pasa. Las fulanas ya no ríen tanto. La conversación se les está yendo de las manos. ¿Qué clase de puteros van a un puticlub a hablar de vacas y cabras? Ellas quieren su parte así que silencian a Javier y se le abalanzan. Javier con un gesto autoritario las para. Dice que estamos conversando y que respeten a su acompañante. Ellas se separan. Nos levantamos y vamos a pedir otro whiskey. Nos dicen que van a cerrar. Dos tragos más tarde estoy a solo uno de acabarme la copa. Las mujeres vuelven a la carga. La caucásica nos apremia. Entonces Javier me mira fijamente. Ha llegado el momento en que tu padre va a hablarte de las drogas y no quieres oírlo. Javier tiene los ojos inyectados en sangre. En la pupila izquierda se le ha dibujado una vagina chorretosa y en la derecha una polla tan erecta como un mandoble castellano. Le falta relamerse los labios y yo a pequeños flashes lo veo salivar. Ellas lo perciben. Ahora tengo a una apoyada en cada hombro. Es ineludible, estoy jodido.

¡Karenina! ¿Cuánto le costaría a este chaval un polvo con dos mujeres?La caucásica responde que 100€. “Chaval, ¿tú eres uno de esos sementales que se ponen con una y otra a darle ¡plas! ¡plas! y a la otra un pollazo aquí, pollazo allá durante media hora por lo menos?” Mi mente va a mil por hora. He de encontrar una respuesta, pero primero debo saber qué quiero. Voy pasadísimo. Tanto que me he puesto cachondo. Aun así, en mis borracheras siempre conservo un grado de sensatez. En esta recuerdo que guardo el principio de no juntarme con putas. Qué traición a mí mismo sería meterme en una cama de pago. Pero joder… estoy roto por dentro. Mi exnovia se llevó los discos y me dejó los malos recuerdos. Soy un ser despreciable al que han abandonado por tomar malas decisiones. Estoy en un prostíbulo con un degenerado que, como a un hijo, quiere invitarme a mi primera puta, pero no soy su hijo, sino un desconocido al que desea darle 100€ en forma de flujos. “Mira, yo aguanto media hora y una hora, pero quiero tanto a una mujer que me la pasaría llorando sobre estas señoritas. ¿No quieres que desperdicie tu dinero sollozando desnudo verdad?” Javier me mira, es más comprensivo de lo que parece, pero aduce. “Chaval, no sabes lo que dices y mañana te arrepentirás, pero tú mandas. Vámonos al siguiente bar.

   Nos cuesta no chocarnos calle abajo. Tan solo atravesamos dos cruces y las puñeteras paralelas ya me han perdido. Paramos en la puerta de un garaje. A sus pies una enorme discoteca nos ciega con sus neones. Sí, siguen habiendo neones en esta ciudad. Javier saluda a una gabardina con un hombre barbudo dentro. Le faltan varios dientes. Se separan y hablan cogidos del hombro a susurros. Cazo partes de la conversación “Ya no me queda.” No sé de qué hablan, pero al traficante ya no le queda de algo. Nos invita a pasar, pero Javier dice que no me gustaría ese ambiente. Seguimos la paralela y Javier intenta ligar con unas jovencitas. Me vende como carne barata y yo, que aún no he aprendido a reaccionar en situaciones de ligoteo intempestivo, callo y sonrío. Javier les dice que las invita a copas de padre a hijas. Ahora además de reírme cojo a Javier del gabán y le digo que nos vayamos.

   Mientras caminamos Javier me cuenta que tiene dos hijos: una hembra y un macho. No los ve. Jamás estuvo para forjar la relación paterna que toda cría recuerda a lo largo de su vida. Aparenta arrepentimiento, pero no es más que verborrea cobarde. Es un viejo despreciable que pasa las noches en puticlubs invitando al primero que pasa, mientras su mujer le guarda la cama caliente. Mi padre me abandonó, sin embargo no estoy en posición de juzgar a otros padres, no al menos reprobatoriamente. Creo también que es porque Javier se está encariñando conmigo. De alguna forma ha creado un vínculo que me convierte en ese hijo al que le muestra cómo es, al que agasaja con su dinero, con su cariño y al que da su apoyo en un futuro que se le torna incierto. He conocido a muchos locos que te regalan la oreja, pero Javier quiere creer en mí, y quiere porque si pudiera estar frente a sus hijos hoy tendría fe ciega en ellos. Lástima que el tiempo destruya las posibilidades y seamos, a fin de cuentas, víctimas de nuestras elecciones.

   Paramos en una puerta con unas escaleras que conducen a lo que, más adelante, descubriría que era el infierno. Javier estaba empezando a recobrar el equilibrio. Mi nivel de alcohol ya se equiparaba con el flujo sanguíneo. Me propuso entrar, así que cogidos del brazo descendimos por las mugrientas escaleras. Exaltado le espeté que iba a pedir un par copas y que las iba a pagar yo por mis cojones. Él insistió en que no soltara un duro ya que no conocía el bar y me podían arruinar. Desatendiendo sus consejos me acerqué a la barra y alzando la mano pedí un güsqui, a lo que el barman contestó: “¿Y tú Javier? ¿Lo de siempre?”. Pero Javier andaba liado hablando con un señor con chilaba. Le dije que le sirviera eso de siempre. Y mientras corría a mear pagué sin que se diera cuenta. Hablo con el de la chilaba. Es arquitecto y no me entero de la mitad de lo que dice. Un puñetero arquitecto italiano con pintas de abrazar el islam. Pronto diserta sobre conspiraciones gubernamentales y un orden de superhombres. Javier vuelve. Me coge la copa y lo miro tan intensamente que no termina de abroncarme. Empiezo a sentir ira. El alcohol me altera. El antro es perversión pura y dura. Está lleno de demonios, de sexo, de drogadictos, de lascivia. Odio al tío de la chilaba, quiero pegarle, quiero que se calle y quiero que se calle Javier. Llevo toda la noche con un cerdo egoísta que no es capaz de disfrutar de los placeres sino de dañar con ellos al resto y a sí mismo. Las mujeres son desnudadas por hombres. Se estampan unos contra otros en las paredes. El resto se rasca la pija mientras mantienen el ritmo. Desearían tenerla fuera de los pantalones como los demás. Me dan asco y siento odio. Javier me habla y yo camino mirando hacia el frente. Me choco con la gente. Quiero que me revienten la cara, quiero reventarle la cara a alguien y mientras tanto me excito. Estoy jodidamente cachondo. Miro a las mujeres como un viejo que no ha probado vagina alguna en su vida. Y me choco con el siguiente y con ellas y con los otros. Un tío se gira, me dice que lleve cuidado, lo miro, no sé qué decir, solo quiero que me pegue, pero sigue restregándole la polla a su zorra. Necesito salir de esto, necesito acabar con esta locura que me consume. Entro al baño, me bajo los pantalones y me masturbo. Cierro los ojos y solo oigo la piel frotándose y el charco de orín bajo mis pies. Necesito que salga. Estoy a punto de eyectar y… golpean la puerta una, dos, tres veces y el tío al otro lado me grita: “¡¡Venga hostia!! ¡A ver donde me meto yo la farlopa!”. En ese momento recobro la consciencia. Me subo los pantalones y salgo sosegado. Busco a Javier, le tengo que decir que me voy, que me estoy volviendo loco, que ya es demasiada mierda. Me coge del brazo y dice: “Chaval no te vayas. ¿Qué te pasa? ¿Qué ocurre? ¡Espera, espera joder!”. Le digo que ya está, que no lo soporto, que la echo de menos y me va a reventar el corazón. Salgo y me sigue.

Javier – Chaval, sé perfectamente lo que te pasa, yo he tenido tres mujeres y me he divorciado dos. Todo se pasa, hay que disfrutar.

Yo – No Javier, no lo entiendes, no puedo respirar, no puedo estar aquí. Mírate, tú y tu mierda de vida, me quieres como sujetacopas para no estar solo, te importa tres cojones si estoy bien. No me vengas con mierdas.

Javier – Tengo mucha experiencia y ahora estás exaltado. Cuéntame cosas sobre esa chica. ¿Qué coño tenía? ¿Estaba buena?

Yo – Tío… me voy.

Javier – ¡Pero si no sabes llegar a tu casa! Espérate que yo te llevo.

Javier tiene razón, no sé dónde cojones estoy. Me dice que va a por su chaqueta y sale con otro güisqui. Caminamos de día por las calles. Javier mea en un puesto de la O.N.C.E. en mitad de la avenida mientras les grita a las señoras “buenos días y buena suerte”. Yo ya no puedo ni hablar y ni mucho menos puedo seguir caminando con semejante ser. Así que me despido.

Javier – Mira chaval, conozco a personas miserables todos los días. Tú tienes talento, no dejes que la tristeza te lo arrebate. Yo sé que ahora mismo no quieres estar conmigo, pero me alegro de haberte conocido. Seguramente no volvamos a vernos jamás porque no te voy a dar mi número de teléfono. Te agradezco que no me pidas trabajo porque tendría que dártelo. Sé que tú solo harás mucho dinero. Dame un abrazo.

Me indicó por donde estaba la casa en la que debía dormir. La busqué, pero volví a encontrarme en el laberinto de la paralelas. Las personas madrugadoras ya salían a comprar el pan y yo llamaba a mis amigos sin encontrar respuesta. Me lo cogió Gambín. Le grité como un moribundo, pero solo escuché un “mmm ¿quuui…eenn ee…resss…?” Me adiviné diciéndole que era yo, Javi, a un teléfono apagado. Corrí angustiado. Había gastado los últimos 15€ del viaje en dos copas, no tenía forma de comunicarme con mi gente y no sabía dónde estaba. Esa tarde la había pasado trabajando en el auditorio de Barcelona, y de tantas veces que hube hecho el camino lo recordaba, así que mi objetivo era llegar hasta él. Desgarbado y oliendo a alcohol, paraba a la gente para preguntarle: “Pfferdoonnne, ¿dnnndsttaaa el auditorri?” Los que no huían antes de poder preguntarles se apartaban tras hacerlo. Por puro azar encontré una calle familiar. Retrocedí hasta llegar al Auditori y tras más de una hora vagando por Barcelona arribé al piso. Debía encontrarme una cama vacía para mí, sin embargo había sido usurpada por una caterva de artistas. Bajo el umbral de la puerta inspeccioné una esquina, acomodé la chupa a modo de colchón, y puse el broche final con un rollo de papel de cocina como almohada.

Me mantuve despierto por unos minutos pensando en cómo esto no habría pasado de estar aún con “ella”. Dos horas después amanecí con una parálisis en el brazo izquierdo. Me había dañado los nervios y, en suma, no podría terminar el disco de guitarra que había empezado a grabar; toda la miseria que salía por mis dedos ya no tendría escapatoria. Lo llaman la enfermedad del borracho. No tiene cura. Jamás me identifiqué con ella, hasta hoy que he puesto el punto y final.

Ilustración para Hijos de Mil Padres por Mellado

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