La Perla – John Steinbeck

Perla

Ya no hay palabras, solo canciones. Reparen que esta no es una historia, es más bien un cuento, y en ello estriban diferencias. En los cuentos se habla sobre algo y no sobre alguien. Ellos, los cuentos, nacen y mueren en todos nosotros. Y le seguirán hablando hasta al último de los hombres sobre lo que esconde en el alma.

No es un simple protagonista, es un padre, El padre. A su lado están La mujer y El hijo, y como son sabios y comen de lo que la vida les ofrece los tres  viven deslizándose grácilmente a través del día, sonriendo y sin esperar, sin nada más.

El padre, El hijo y La madre pertenecen a una comunidad herida, humillada. Se les desprecia y señala por el color de su piel, por la calidad de sus ropas, por sus canciones, pero a ellos no les importa, lo saben, y ellos viven. A los lomos de su casa el mar canta de día y de noche, y ellos escuchan sus cantares y poco hablan entre sí porque poco hay que decir, porque todo suele estar dicho y hay que escuchar lo que importa.

Y un día cambia. Hay una desgracia, se necesita ayuda. Si miran bien ven a El padre subiendo  hacia la humillación, pero aun así va erguido, con el silencio de un hombre derrotado. Va hacia la punta del pueblo y le responden con el esputo de la indiferencia. Pero él necesita ayuda. Así  se la pide a la madre que conoce, al que siempre le dio de comer y de llorar, al mar. El padre lucha contra el mar, le llora y le reza, se sumerge en su abrazo y en la quietud de su negrura, cuando los ojos del solícito más alto se abren, la encuentra, encuentra la ayuda. Las plegarias tienen respuesta, la ilusión se ve colmada, por eso es un cuento, por eso duerme en ti.

El mar le ayuda dándole una perla, la más bonita y grande de todas las perlas. No es necesario pedir más, le ha regalado La perla del mundo. El padre ya no está señalado, ni el hijo, ni la madre, ahora son gente, ahora importan. Su pueblo se siente él, vibran al son de su suerte, cantan su canción. Entonces los otros, los que hablan en vez de cantar, se miran unos a otros y sobre eso saben mucho, así que se relamen urdiendo el engaño, ansiosos de posesión. Y es entonces cuando exaltado por el ruido de sus iguales les grita el padre a todos, a los que hablan y a los que no:

“Mi hijo leerá y abrirá los libros, y escribirá y lo hará bien. Y mi hijo hará números, y todas esas cosas nos harán libres porque él sabrá, y por él sabremos todos”

No es solo el hijo quien duerme en el centro de esa frase, duerme todo su pueblo. Y durmiendo sueñan con justicia. Así que todo cambia para todos y no hay que juzgar si para bien o para mal. Porque el final de los cuentos se escucha venir y si son buenos traen ardor y oscuridad. Escuchad que llegará.

Ya no se escucha el mar, ya no se escuchan las canciones ni al pueblo soñar. Ahora El padre solo escucha la música de la perla, y La mujer, y El hijo y todos. No es el abrazo de su esperanza sino la maldición de sus consecuencias. Ya no son sus canciones llenas de silbidos y oleaje, de vida. Ahora solo es la perla, pues su música es simple. Si atienden solo se escucha un golpe, un grito, un tambor que lentamente acelera su ritmo y avanza  pisando el infinito para romperse al final. Ellos la bailan, y la escuchan, y aun muriendo mueven sus cabezas en círculos como peonzas, mirando al cielo y al suelo, al mar y a la profundidad, pero a nada más. Y ni aun muriendo llegan a parar.

Ilustrado por Mellado

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