El muerto vivo

Zombiii

No puedo opinar al respecto, pero quiero dejar claramente sentado que no había nada provechoso en el hecho de que esas cabezas permanecieran allí. Sólo mostraban que el señor Kurtz carecía de frenos para satisfacer sus apetitos, que había algo que faltaba en él, un pequeño elemento que, cuando surgía una necesidad apremiante, no podía encontrarse en su magnífica elocuencia. Si él era consciente de esa deficiencia, es algo que no puedo decir. Creo que al final llegó a advertirla, pero fue sólo al final. La selva había logrado poseerlo pronto y se había vengado de él con la fantástica invasión de que había sido objeto. Me imagino que le había susurrado cosas sobre él mismo que él no conocía, cosas de las que no tenía idea hasta que se sintió aconsejado por esa gran soledad… y aquel susurro había resultado irresistiblemente fascinante. Resonó violentamente en su interior porque tenía el corazón vacío”.

Joseph Conrad, El Corazón de las Tinieblas (1899)

El horror yace en nosotros, se acuna en nuestra misma esencia. Es el combustible con el que las naciones germinan y mueren, evolucionan o se transforman, dando lugar a las peores aberraciones. Sin embargo lo asumimos como algo natural, algo nuestro, como la sangre que recorre nuestras venas. Algunos pueblos son capaces de digerir ese oscuro legado, sin rumiarlo, cavilando un porvenir, donde las generaciones venideras estudian el pasado como algo lejano y luchan por no repetir sus mismos errores, tropezando de vez en cuando con el embrutecimiento inherente que nos ha puesto siempre a prueba y superándolo como hicieran otros con anterioridad. Otros pueblos son incapaces siquiera de levantar cabeza, aunque lo deseen, asumiendo que siempre terminarán jugando con las peores cartas y que serán la cuna perpetua y mortal de corazones en las tinieblas, participando todos esos estratos de una sociedad, con mayor o menor incidencia e indecencia, en esa barbarie colectiva a modo de danza macabra sin fin donde las vidas humanas no valen una puñetera mierda y la ceguera los empuja a una huida hacia adelante cuya carestía de recursos y moral termina ahogando del todo su futuro. Pero claro, como a todo a quien gane, siempre hay naciones que no pueden seguir cayendo más bajo porque ellas mismas son ese tope, ese límite. No pueden perder nada porque, efectivamente, no les queda nada más que perder. Con este panorama, les contaré cierta historia de un hombre que estaba llamado a salvar su tierra y se esmeró por destruir la poca decencia que le quedaba, condenándola por siempre a la oscuridad.

El 1 de enero de 1804, pese a tenerlo todo en contra, Haití declaró su independencia frente a la metrópolis, la Francia de Napoleón. Fue la primera nación esclava en hacerlo, la primera de América Latina, la primera patria de negros libres. También fue la primera en ser avistada por Colón, que posteriormente llamaría a la isla en su conjunto La Española pues sus habitantes originales, los taínos, la conocían como Aytí, o tierra de montañas. Los franceses, como pueblo enormemente ineficaz y maligno en todo lo que se propone, no dejarían descansar a los míseros negros cimarrones pues Haití fue una fuente enorme de ingresos para la época, despuntando sobretodo en la industria del azúcar o las especias y porque, qué coño, lo de liberté y egalité era para los europeos blancos, en ningún momento se les pasó por la cabeza liberar a toda la puñetera población negra de la isla. Y claro, a partir de aquí llegó su declive pues si algo tenían claro las potencias occidentales es que la mano de obra barata que llegaba de África podía llegar a entender, dentro y fuera de las fronteras de la isla, que poseía brazos para trabajar, así como para rebanar los cuellos de aquellos que los dominaban. Eso, unido a la dependencia de la agricultura y el comercio de artículos exclusivos para Europa, hizo que otras potencias como los Estados Unidos bloquearan las rutas comerciales de la joven nación, pues lo último que deseaban es que se pusiera de moda eso de reivindicar libertades entre los negros y demás posesiones. No en vano, Louisiana fue colonia francesa hasta 1803 y estuvo siempre vinculada de alguna u otra manera a Haití, siendo una de las pocas regiones de Estados Unidos que, además de tener origen francés y cajún, muestra honrosamente sus raíces y vínculos con el vudú y la tradición cultural haitiana. Por su parte, los gabachos no reconocerían su independencia hasta más de treinta años después, no sin haber vetado y destruido cualquier producto proveniente de la antigua colonia.

Durante más de un siglo después Haití vería un par de guerras que crearon el caldo de cultivo perfecto para la inestabilidad política y social, y la reivindicación cultural de la mayoría negra del país, hasta que los americanos decidieron invadirla y mandar a tomar por culo cualquier intento de emancipación efectiva ante el dominio militar. Como es de entender y al igual que en todas las colonias que establecieron las potencias europeas en el Nuevo Mundo, la clase dirigente estuvo en un principio formada principalmente por blancos nacidos en suelo colonial, criollos que mantuvieron las fuertes costumbres y tradiciones del Viejo Mundo a costa de la población local y los esclavos del África Negra. Estos últimos formaban el mayor grupo demográfico de la isla en su totalidad, en una proporción de nueve a uno frente al hombre blanco, siendo una mano de obra barata, reemplazable y eficaz para el propósito de las clases dirigentes, así como para los mulatos y otras mezclas de sangre. Al independizarse erradicaron a los criollos, pero no sus costumbres. Al fin y al cabo, la clase dirigente y militar que liberó a Haití terminó diferenciando también la negritud de la piel, del mulato al negro tiznado, y con ello el nivel socioeconómico de sus habitantes. Ese popurrí cultural y racial en que fue evolucionando el país con un poquito de culpa y santoral cristianos absorbidos de los antiguos colonos, otro poquito de medicina taína y un puñado enorme de animismo africano, junto con el conocimiento adecuado de todo elemento comestible y esnifable de la región, dieron lugar al vudú haitiano, tan negro como quienes los practican y desconocido como la historia de este estado siempre fallido. Al fin y al cabo, nadie puede negar que fuera el vudú el que liberó Haití y el que se encargó de enterrarlo, que fueran sus sacerdotes los que enarbolaron las banderas que defendían el derecho a la vida y la igualdad como hombres, pero también los que encontraron la excusa perfecta en la religión sincrética para crear una nación con una sed de sangre insaciable que la condenaría a la más mísera de las miserias y jamás conseguiría levantar cabeza. En el fondo, la emancipación de Haití nunca llegó a ser total porque jamás se lo permitieron desde el exterior, ni los negros despertaron en el momento adecuado durante esos ciento y pico de años hasta que llegó nuestro hombre, llegó el horror.

En 1957 ascendería al poder François Duvalier, conocido cariñosamente como Papa Doc. Como su apodo indica, Duvalier ejerció de médico durante muchos años. Un médico pero de estos de pueblo, enrollado, cuya simpatía y buen hacer le otorgaron una popularidad lo suficientemente grande para que se presentara a las elecciones. Luchó contra las enfermedades tropicales que acababan con los suyos y pronto lo haría con ellos pues, además de erradicar dichas epidemias, arrasaría su propio país para convertirlo en un erial donde la muerte sería su máximo exponente cultural, nutriendo sus acciones sobre dos pilares en los que cimentará, durante tres lustros, una de las dictaduras más crueles y despiadadas de la historia. Por un lado la negritud, la base de la identidad del haitiano oprimido cuyos ancestros fueron arrancados del Golfo de Guinea por el hombre blanco que los dominó y los condenó a una vida miserable durante siglos, implicaba devolver todo ese racismo con una buena dosis de furia africana. Duvalier era más negro que la noche, que la brea, que los huevos de un gorila, y se sentía tremendamente orgulloso de ello. Los negros debían reclamar lo que se les había negado durante tres siglos, merecían una venganza acorde a su sufrimiento, merecían Haití sobre todas las cosas. Con su negritud, Papa Doc arrasó con todo aquello que olía a apertura hacia las potencias europeas y a Estados Unidos, cerrando fronteras y rutas comerciales con los mismos, eliminando a opositores, a simpatizantes, a maricones, a mestizos. Nadie era más negro que él, nadie estaba a salvo.

Para ello emplearía el otro aspecto que, según él, diferencia a Haití del resto del mundo, que la convierte en dueña y señora de su destino. Este otro pilar, el vudú, es una amalgama de creencias que combina lo monoteísta y politeista, jugando con los santos cristianos y esos dioses de todas las cosas que tienen las religiones con panteones extensos. Duvalier no sólo consideraba escoria a erradicar todo lo que oliera a colonial, sino a aquellos a los que anteriormente libraba de una muerte segura cuando ejercía de médico campechano. Él se sabía superior, sabía que debía erigirse sobre los demás y, además, supo cómo hacerlo. Aprovechó el analfabetismo y la ignorancia endémica de los suyos contra ellos mismos, sabiendo que la religión, las tradiciones y la superchería, en general, son el camino a seguir para dominar y aplastar cualquier renglón torcido en sus planes. Para ello se hizo vestir como el Baron Samedi, uno de los loa, los dioses vudú, más importantes. Samedi reencarnaba a la Muerte en la cultura haitiana y se suele representar con un señor negro (claro) vestido de frac, con sombrero de copa, gafas de sol y fumando puros. Disfrazado bajo la imagen del Baron, hizo creer a los suyos que era una encarnación del dios, justificando así las masacres con las que destrozó a su pueblo y demostrando que, hiciera lo que hiciera, a la Muerte hay que honrarla.

Aún así, en menos de un año sufrió dos golpes de estado que resultaron estériles y contempló la necesidad de formar una milicia completamente leal para evitar cualquier intento por acabar con él a través de las armas. Para ello, se hizo acompañar de los grupos paramilitares conocidos popularmente como los tonton macoutes, hombres carentes de moral y escrúpulos que arrasaban con todo a su paso y que convirtieron los sueños de este repugnante ser en acciones contra la población civil y cualquier opositor que osara plantarle cara. Su lealtad hacia Papa Doc era enorme incluso sin contar con un sueldo, pues dichas tropas tenían vía libre para lo que les viniera en gana, y el terror que ejercieron durante esos años matando, violando, saqueando y destruyéndolo todo a su paso, unido al posterior apoyo al régimen por parte de Estados Unidos para frenar el avance comunista en el Caribe (que bastante tuvieron con Cuba), hizo que la población estuviera a merced de los machetes de estos monstruos vestidos de índigo y negrura moral. Su propio nombre aludía a las leyendas locales sobre los hombres del saco que enviaban los loa para atormentar a todo lo que se moviera, especialmente mujeres y niños, a los que en realidad colgaban en lo más alto de los pueblos como muestra de lo que podía ocurrirle a cualquiera que se cruzara con ellos. Aprovechando el terror provocado en la población, Duvalier consideró oportuno dejar claro que era un sacerdote bokor, algo así como un sith en Star Wars. Practicante de la magia negra (y dale) del vudú, con poderes sobre la vida y la muerte. Fue precisamente este aspecto el que explotaron los tonton macoutes, haciendo creer a los aldeanos que eran zombies que actuaban bajo las órdenes del hechicero.

Un zombie o nzambi es un cuerpo que ni anda muerto, ni vivo. En el folclore haitiano se describe a una figura que, tras perder su humanidad en un proceso llevado a cabo por un sacerdote, seguirá las directrices del que mantenga el embrujo sobre él hasta que deje de servir o reviente. Una semana antes podía ser tu vecino y a la siguiente una máquina de matar. Sin voluntad y sin necesidades, era la herramienta perfecta para infundir terror, lo que se ha explotado con mejor o peor fortuna en cine y televisión, ofreciendo una imagen bastante alejada de la tradición oral que comentamos. Porque para entender que fuera un miedo real hay que comprender el contexto y la raíz de una fábula que puede llegar a entenderse como algo real, siempre y cuando se intente contemplar desde un punto de vista medianamente racional. Y claro, el problema radica en que podamos discernir donde acaba el cuento y empieza lo empíricamente demostrable y replicable. Para crear un zombie se han identificado al menos cuatro sustancias empleadas en el ritual que llevan a cabo los bokor y que pueden explicar en cierta medida de dónde parte el mito. Se ha asociado el empleo de belladona, la flor de espino, el calalou y la tetrodotoxina para crear esa magia que, de ingerirse, lo más probable es que te mueras, así sin dar muchos rodeos. Pero si intentamos hacer un ejercicio de Fe en lo sobrenatural y estiramos todo lo que podemos las probabilidades de supervivencia del pobre diablo que ingiera semejante porquería podríamos dar la siguiente explicación.

Por un lado, la tetrodotoxina es el ingrediente principal. Esta toxina que encontramos en el pez globo es la razón por la que los japoneses son un pueblo realmente valiente o bien tremendamente gilipollas, porque se trata de una de las neurotoxinas más poderosas que podemos encontrar en la naturaleza y que provoca un cuadro que incluye parestesia en cara y extremidades, seguidas de parálisis generalizada, insuficiencia respiratoria y muerte. Por otro lado, se ha estudiado en escasos sujetos que han sobrevivido a su ingesta el daño neurológico provocado en el hemisferio cerebral izquierdo, asociado al habla, a la memoria semántica y a ciertas habilidades motoras, sobretodo aquellas que influyen en los movimientos finos y coordinados. La tradición explica que el sujeto, en realidad, no muere si se le hace ingerir una dosis adecuada mezclada con otras sustancias, provocando un estado letárgico donde la respiración y el pulso de la víctima se vuelve tan lenta como imperceptible, hasta el punto de dar lugar a que se la entierre estando plenamente consciente de todo lo que pasa a su alrededor. Para mantener las constantes, la flor de espino puede actuar como cardiotónico en las fases postreras del proceso, aunque esto ya son impresiones de vuestro miserable servidor. La belladona por su parte provoca alucinaciones que empeorarían la experiencia cataléptica. En el caso del calalou, se usaría para engañar al paladar y ayudar a la ingesta de toda la porquería anterior, porque es inofensivo. Todo esto, unido a un estado de indefensión que podía durar días sin haber palmado (e insisto en aquello de hacer un ejercicio de Fe), junto con el hecho de que te encuentres enterrado a dos metros bajo tierra y pierdas la Orientación en las Tres Esferas (Persona, Tiempo y Espacio) es, así como muy resumido, el proceso de creación de un muerto vivo.

Que lo primero que veas cuando te levantes sea a un brujo diciéndote que eres un mierda, que le vas a trabajar gratis y te niegue la vida tampoco es que sea una novedad, nos pasa a todos. Lo que lo hace especial es que Papa Doc, como buen sátrapa que fue, aniquiló sin piedad a doscientos mil haitianos bajo su mandato y el vudú lo hizo, aunque fuera a través de una sugestión colectiva, todo más fácil. En pleno siglo XX y con los americanos sobándole bien el lomo, como a todos y cada uno de los dictadores que se han ido muriendo plácidamente en sus camastros. Porque claro, ante la Muerte todos somos iguales, incluido él, que la diñó por un paro cardíaco y no pudo volver del otro barrio. Pero el daño ya estaba hecho, su hijo mantendría una dictablanda hasta que le dijeron que se fuera, que lo único que temían era al hambre y al futuro de mierda que les esperaba, pero sin ellos.

Por un lado debemos separar la influencia que tiene la palabra del vudú y el trasfondo de una dictadura militar en el mito y por otro entender la ciencia que pueda darse, en el caso de que existiera. Que no hay duda, vaya. A Duvalier y sus monstruos le debemos los zombies en la cultura popular, pero también el negror que cobra el significado del vudú para Occidente. Es innegable que para muchos esta religión es sinónimo de algo jodido, de algo inevitablemente maligno. Esta severidad, la de la muerte, ha sido tanto su estigma como su tobogán mediático, porque no hay nada más directo y creíble que un peligro mortal ya que a todos, tarde o temprano, nos llega la hora de irnos a tomar por culo. Pero por otro lado, nos encontramos con una vulnerabilidad que es ajena a la razón y que incluso puede pesar sobre aquellos que se tengan como más espabilados. Esta lacra, la de la profecía autocumplida, condiciona las acciones que tomamos en el futuro. En el caso que estamos abordando, una simple maldición es suficiente para provocar un sentimiento de indefensión en el individuo. Sin embargo, cuando hay machetes de por medio la amenaza es más bien real, una condena a muerte. Todo ello, sumado al terror de la dictadura, pudo dar lugar a esta espiral de muerte que desgarró un país y lo mandó al olvido, condenándolo de por vida por un pasado tan pesado que ni el futuro puede vislumbrarse con claridad, más allá de la mala suerte que ha corrido en estos últimos años. Los haitianos, por si acaso, mantienen una guardia perpetua vigilando el mausoleo del grandísimo hijo de puta, no vaya a ser que un día se aparezca lleno de vida y contento, diciéndole a todo el mundo que se equivocaron de muerto.

Ilustración de Mellado

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