Reminiscencias de un conflicto

Caballo-negro

La cabaña se encontraba en la frontera entre los dos Estados, de manera que no se podía saber a ciencia cierta la jurisdicción a la que pertenecía, asunto en principio irrelevante tanto para las burocracias implantadas con regular éxito tras la guerra, como para quienes moraban en ella, por lo que, teniendo en cuenta el status del propietario en el momento de la unificación, quedó como en el principio, intrascendente y en el limbo legal, último reducto de los lugares exentos de impuestos por aquellos pagos. Pero entonces eran dos, muerto el tercero hacía unos años: la madre, gorda, de formas más redondeadas que una simple oronda, a la que le costaba una infinidad moverse, rebosantes las carnes por cualquier intersticio, faldones, agujeros de la ropa muy utilizada y vetusta, al igual que las sábanas, también agujereadas aunque a causa de los ratones, por las que más de una vez sobresalía alguna lorza; el hijo, por su parte, mala pasada en la gestación embrionaria, era tonto, suerte de inútil con percepción limitada de su entorno y de sí mismo, pésimo entendedor de las directrices que le fueran dadas por su madre salvo las que podía comprender un mulo: ve allá o no vayas por ahí, a lo que añadiremos trae aquello. Se trataba, por tanto, de un imbécil del que no podía decirse que fuera retrasado mental, en contra de las habladurías del pueblo (único lugar en el que entablaban ambos algún contacto humano desde la muerte del padre), cuyos designios como reducida masa (no más de unas decenas de familias) le colocaron bien temprano tal estigma. El médico local diagnosticó tras un riguroso examen de a duras penas media hora que en ningún caso aquel tipo era retrasado: como mucho se le podía tildar de idiota. Ante lo cual, en el pueblo, tras arduos intercambios de opiniones bastante meditadas, se optó por la solución salomónica: le dirían «el tarado» y así se le mencionará en lo que sigue.

El tarado, nunca muy pendiente de lo que él se decía –a fin de cuentas, de poco o nada se enteraba a ese respecto–, emprendía sus actos como un autómata: desde las órdenes indicadas por la madre –a menudo gritadas–, o sus habituales caminatas, hasta los actos de nutrición y desasimilación más elementales (los cuales le dotarían en no pocas ocasiones de un olor pestilente, casi animal). Así las cosas, su proceder venía preestablecido por los instintos más primarios, con la salvedad de que en ningún caso su supervivencia pudiera deberse a aquellos, más bien a su pesar. Era, por así decirlo, un inútil situado al cobijo de las faldas maternas, vivo y ambulante por un mundo hostil, de lo que evidentemente no era consciente, y de lo que naturalmente no se diferenciaba del resto de sus congéneres dotados de una mayor inteligencia.

Respecto a ella, la madre, se puede decir que a pesar de la tremenda rémora que suponía su excesiva y soez gordura, se desempeñaba en las actividades hogareñas con una entrega fuera de lo común: era capaz al mismo tiempo de estar pendiente de los cuidados que precisaban los animales a su cargo (cerdos, gallinas y el viejo caballo) y cocinar un espléndido guiso, no sin pasar con anterioridad por el arroyo para tomar el agua, imprescindible en todo punto para ambas tareas; además debía realizar la colada y limpiar la casa y, cuando la ocasión lo permitía –que dada su presteza era casi todos los días– se tomaba las horas previas a que el astro rey amenazara con instalar la noche sobre el día para dirigirse al pueblo, donde se ponía al tanto de los diversos cuchicheos y rumores que las señoras se traían entre, por lo general, frases inventadas, para a continuación convertirse en víctima propicia a tal efecto.

En el entretanto, el tarado se dedicaba a caminar por los bosques con el consentimiento de la madre, cosa que no siempre había sido así, habida cuenta de la desaparición de los osos que de vez en cuando hacían acto de presencia para decir este es mi territorio, atacando y en ocasiones cercenando algún miembro o acabando con la vida de quien por allí pasara. (El último del que se tuvo noticia fue acribillado por la partida de voluntarios que reclutó el alguacil; hacía años de aquello, pero la huella de tal eventualidad seguía viva, a tenor de la alfombra de dudoso gusto con que el alguacil decoró su vivienda). Pero el capricho del instinto hacía que, como si de una cabra se tratase, el tarado sintiera especial predilección por echarse al monte. Le fascinaba llegarse a un claro lo suficientemente yermo y a una altitud considerable como para poder disfrutar de las vistas, claro está que sin comprenderlas, o como quien comprende un trozo de leña; sin embargo, ahí estaba, lloviera, nevase o tronase, la inmensidad indiscernible por los sentidos del tarado, cada día sorprendido como si fuera nueva la panorámica de su tierra siempre pobre, estéril, azotada por castigos de toda índole en su breve historia, de dimensiones inabarcables, no ya solo para el tarado: también para cualquier nacido en fechas recientes, o ancianos que de tantas vicisitudes sufridas terminaban por relativizarlas y zanjar el asunto, sepultándolo en el olvido. Él, esclavo de sus rutinas, salvo impedimenta mayor (su madre exigiéndole que recogiera la mierda del escaso ganado), echaba a andar hasta alcanzar el objetivo, y cada tarde como un pasmarote quedaba hechizado por influjo de la orografía del lugar, siempre inédita.

Se ha mencionado de pasada que la madre cuidaba de unos animales. Éstos no tenían mayor función que la de producir sustento alimenticio o, llegado el caso, monetario (los huevos sobrantes de las gallinas, la carne de cerdo que no consumieran), con la excepción del caballo: ejemplar aún magnífico en sus horas bajas, el caballo mostraba una especial predilección por la espera, como si hubiera quedado paralizado a causa de la muerte de su amo, incólume bajo el techo que este le proporcionó al instalarse con la mujer y el hijo tras la guerra. Con él como montante, cabalgó de buen grado las praderas, campos de algodón y maizal, llegando a penetrar no pocas millas en el Norte, donde se habituó con increíble imperturbabilidad a las descargas de fusilería, el estruendo de los cañones y el repiqueteo constante de tambores, todos ellos culpables en mayor o menor medida de la muerte de los de su especie. Pues a esto también se habituó, sin alarmas ni trances alocados; la voz de su señor y los golpes suaves que le dispensaba le tranquilizaban y le permitían sustraerse del horror, a lo que la ausencia de visión periférica también ayudaba. Este avatar del destino –la muerte por doquier–, así como la compañía inseparable del amo, le harían ser, en lo que le restara de existencia, un animal un tanto solitario.

Y ahora su señor se había ido, un día bien temprano vio cómo quien le alimentaba no era él, sino otro humano (la madre), y eso fue todo. El único vestigio del dueño, legado de una vida plagada de infortunios, era el tarado, quien no tenía más relación con el caballo que, pequeña salvedad, ciertas ocasiones en que se le quedaba mirando fijamente, unos ojos inexpresivos que se focalizaban en él, durante minutos o más, como diciendo esto es un caballo o así le llaman o así lo llamaba mi padre o antes de irse a dormir para siempre o eso dice mamá porque esto es un caballo y está vivo y come alfalfa y es recio y grande y lo veo todos los días ahí quieto sin decir nada bueno la única que vez que no lo he visto es cuando mi padre fue a la guerra y regresó y nos trajo regalos y también el caballo y ahí sigue sin moverse.

De manera que un buen día el tarado, impelido por la curiosidad, desató el caballo no sin antes acariciarlo con fuerza como el que ara la tierra y acto seguido, tras un leve relincho cuyo sonido fue a morir a las paredes carcomidas y roñosas del establo cochambroso, le golpeó en los cuartos traseros que llevaban vete tú a saber cuánto sin nadie que los tocara, a lo que el caballo respondió con otro breve relincho, aún sin moverse ni medio ápice. Entonces el tarado tomó un tablón también presa de las termitas con el que le volvió a atizar, consiguiendo ahora un minúsculo desplazamiento del caballo que, levemente separado del hábitat natural de una inmovilidad que se había convertido en estado en la tierra, y no sabiendo muy bien lo que estaba ocurriendo, echó a correr a galope tendido, con furia, miedo y espanto. Ahora sí relinchaba a pleno pulmón, percibiendo que sus patas siempre recias se habían convertido en enclenques bastones de anciano, lo que produjo un resultado del todo decepcionante: después de un sprint feroz, el galope pasó a trote, y el tarado no tuvo gran dificultad en darle alcance, atónito y estimulado ante el espectáculo que él mismo provocó, en una de esas tardes en las que la madre se encontraba en el pueblo.

Transcurridas unas horas el caballo comenzaba a mostrar los primeros síntomas de la fatiga, de entre los que destaca la lengua fuera: nada más repugnante que la lengua fuera de una bestia, expulsando babas densas y blancas y tomando aire a bocanadas que a buen seguro le producirían pinchazos insoportables en los grandes pulmones. Las millas que se había adentrado en el bosque presentaban un paisaje también desolador, por lo menos en lo que se refiere al terreno que pisaba, seco y repleto de malas hierbas, indicios de que los veranos cada vez más cálidos terminarían por imponerse a los intentos de la masa arbórea de resistir con la pronta venida de las lluvias otoñales. El griterío de grillos, chicharras, y bichos de lesa índole incrementaban la sensación de hastío y aplastamiento del calor, a las que permanecía ajeno el tarado, el cual, al ver al caballo detenerse de sopetón como quien se para delante de un muro infranqueable, se acercó empuñando el tablón, que había transportado durante todo el tiempo puesto que una vez agarrado no se podía concebir sin él; con él golpeó nuevamente al caballo, esta vez con toda su fuerza, y el caballo, incapaz de reanudar el trote, se giró con torpeza pero con tan buen tino que le alcanzó mediante una coz en la barriga, tumbándolo; a continuación le pasó por encima, con estrépito, quebrándole primero la caja torácica que desprendió un ruido sordo, y en segunda instancia le hundió el ojo derecho aplastándole el cráneo contra la hierba seca, dejando así al hijo de su amo clavado en el suelo, inmóvil y recto como la cubierta de un ataúd.

Cuando la madre dio parte al alguacil de la desaparición de su hijo, aquel organizó una partida de exploración en busca del tarado. Lo descubrieron tras caminar horas en la oscuridad, con el caballo a su lado lamiéndole las heridas y defendiéndole de las alimañas, estampa ante la que los hombres de bien desenfundaron, acabando con el último vínculo que, muerto el tarado, quedaba entre la madre y el marido.

Ilustración para HDMP por Mellado

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