La ciudad y los perros – Mario Vargas Llosa

La Ciudad y los Perros

…en cada linaje
el deterioro ejerce su dominio.

 

Carlos Germán Belli

Aquí el perro no es un animal, ni siquiera una cosa. El perro es un símbolo. Es la sumisión y la dependencia. El que desde abajo mira tierno buscando aprobación y, también desde abajo, teme el castigo. Teme, al fin y al cabo, no ser querido. Anhelando ser cualquier otra cosa salvo un perro.

En la historia, como el título corona, hay una ciudad; que en este caso es Lima. En ella respiran cansados los muros de un internado. Es militar, rígido, nutrido de disciplinas y normas que le enseñan al hombre qué es la libertad y la naturaleza. No la naturaleza que se refiere a los árboles, los pájaros o los vientos, sino otra más primitiva, que responde al nombre que le otorgamos, el de “Naturaleza” con más espanto que vergüenza.

Y me vuelvo a preguntar, ¿qué es un perro? Y digo sin miedo a reiterar: el perro es el hambriento, el sumiso y el valiente; es lo sublevado, la carnaza, el que dócil se juega dentro de una jerarquía. Yo soy un perro, tú eres un perro, el autor también; el primero. La ciudad está llena. Apesta a perro.

Entre sus muros acoge hordas de chavales imberbes que aún no han empezado ni a preguntar. Hablan sin saber, mientras aturdidos, llegan a ella desde distintas realidades. Pero allí, pese a estribar diferencias, todos son iguales.

En toda Naturaleza prima la envidia y la fuerza. La crueldad, más que un defecto, es un arma. Es el valor del valiente, el arrojo del que se atreve a enseñar lo sucio que está por dentro.

Como en toda población, los veteranos someten a los novatos a un rito de iniciación,

 ¡Eh! Perros, venid que os vamos a dar lo vuestro. Os vamos a hacer hombres.

Y los perros les siguen llenos de miedo. Todos se preguntan qué les harán, cuánta será la imaginación del captor, hasta qué punto llegará la humillación que deba concederles el honor de ser un perro. Pero ninguno se pregunta el por qué, ya lo saben.

¡Tú! Sal ahí y obedece. Calla la boca y estate quieto. Escucha lo que se te dice.

 No. Responde entre el espanto una voz que no tiembla.

Y todos enmudecen. Un líder se alza sobre los perros. Le llamaremos y le llaman El jaguar.
El jaguar se planta delante de los veteranos, mirándolos con soberbia. La frente alta y los pies bien clavados a la tierra, separados, provocando e invitando a la violencia.

Se va a enterar el puto novato.

Y van hacia él. Pero el perro, aunque noble, es más torpe y estúpido que el Jaguar, y al asustarse, sin saberlo, ya está perdido. El Jaguar los vapulea, los mata. Sus puños llenos de amargura beben del placer de una buena pelea. Porque el Jaguar aun por parecido no desciende de los canes, sino de los felinos. El Jaguar aun naciendo perro deja de serlo en ese momento, para alzarse como otra cosa, al menos entre ellos.

Hay un líder. Se forma una comunidad. Más allá de ser una población ahora somos una manada.

Ave Jaguar.

Todo Calígula tiene un Claudio que sibilino y traidor le aplaude, y al de esta historia le llaman Boa. Joder, merecido mote Boa. El Boa, como el Jaguar, está lleno de odio, de frustración, de naturaleza. A él en vez de salirle por los puños le sale por la polla, un miembro lánguido y enorme que le otorga el sobrenombre que ostenta.

El Boa no se encarga de pelear, se encarga de violar.

Del sexo.

De follarse cualquier cosa que estando por debajo de él se cruce en su camino. Y todo está por debajo de él, pues él pertenece a la corte del Jaguar. Así que penetra animales y niños hasta que él se diga ¡Basta! Riendo de la excitación, despreciándose por dentro. Y todos aplauden y vitorean, no os penséis que lo censuran

¿Por qué esperaríamos que fuera censurado?

No. Sed sinceros. Allí son iguales, allí viven en el miedo.

El Boa solo siente ternura y aprecio por alguien de la ciudad, y ese es en alma el único perro. El que por raza y no por condición merece ese nombre,  al que ellos y nosotros llamamos “La Malpapeada”. Solo siente empatía por ese ser vivo que, de ojos tiernos y altruistas, este sí, le ofrece su compañía. Es el único por el que no siente ansias de violación. Y aun así, cuando el Boa está solo y la tristeza le viene desde el estómago hacia arriba no le sale en forma de lágrimas por los ojos, sino de puños y patadas hacia su querida Malpapeada. La maltrata y destroza hasta el punto de la invalidez, para después, arrepentido, dormir a su lado todas las noches.

Mira, me mereces respeto Vargas Llosa, porque aquí en este libro hablando del Jaguar y del Boa y de tantos otros en los que te detienes hablas sobre el pecado original, sobre la cruda verdad humana. Sin remilgos y sin ostias. Porque en estas páginas se relatan violaciones, abusos, muertes. Muertes. Porque hablas de como todos casi al principio ya estamos muertos, y vamos intentando hacernos vivos sacando la muerte por donde menos nos duele. Al Boa le sale lo negro a través de la polla, y a otro a través del puño, o de la lengua, o del ojo, pero nadie se contiene en la ciudad. Porque si, son perros, pero no hay lugar a esconder su condición. Son manada, son iguales. Y a perros, a perros humanos que por débiles andan con la cabeza más agachada, no les gana nadie. Aquí se habla de los perros, y apesta.

No os penséis que el libro dedica sus páginas al Jaguar o al Boa, ellos son solo dos de tantos. Hablo de ellos porque por vomitivos considero que nos representan. Representan el concepto de Perro que aquí os vengo contando. El libro puede ser esto o mucho menos. Es “La ciudad y los perros”, del vitoreado y aplaudido Mario Vargas Llosa. Y la ciudad es grande. Y perros somos todos.

Ilustración original por Mellado.

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