Una paja de realidad

Julian

–Mira a ese tío. Es la decimocuarta vez que lo veo en un concierto.

–¿Y va siempre solo?

–Solo lo he visto con su cámara de vídeo y su chaleco de plumas.

–¿Qué cojones hará con eso luego?

Julián va a los conciertos solo. En zapatillas: cordones amarillo fosforito. En chándal: aquella equipación Kappa del Barça del ’95. A Julián le gusta que le llamen Casablancas de apellido, pero tiene poca gente que lo haga. Le encanta la música. Flipa tocando al aire cualquier instrumento, pero casi nunca puede porque está grabando los conciertos con su cámara. Julián es un tío peculiar, pero no se da cuenta. Julián vive dentro de Julián y le gusta que le llamen Casablancas porque le gusta mucho la música y flipa con los Strokes. Julián, aunque pueda parecerlo, nunca ha tenido la tentación de matar ni de pegarle a nadie. Le da rabia cuando él está bailando en trance y oye a alguien del público decir, «este grupo es una mierda». Automáticamente deja de bailar, se yergue y sigue grabando a varios metros de distancia.

–Míralo, tío. Está medio calvo el cabrón.

–¿Cuántos años tendrá?

–200 como mínimo, pero seguro que sigue viviendo con su madre.

–¿Le lavará el culo cuando se cague encima?

Julián por lo general va a los conciertos que le gustan, que suelen ser bastantes. «A mí me gusta toda la música». No, Julián no es de esos, pero es bastante tolerante. Le entra la risa nerviosa cuando oye frases del tipo «Tú eres muy golosa» y se enfada cuando escucha otras como «Tú eres mía». Lleva una gafas normales, aunque generalmente torcidas, y cuando graba se apoya en cualquier pared cruzando –casi contorsionando– las piernas.­ Desde la comodidad de una postura fija, gira la cabeza continuamente bien por si alguien mira lo que está grabando, bien por si alguien intenta hacerle algo y él se encuentra absorto e indefenso. Cuanto más gira la cabeza más gente lo mira, cuanto más lo miran más nervioso se pone, así que pasea de un lado a otro de la sala repitiendo el ritual. Mientras el grupo que ha ido a ver toca, él ríe como un bobalicón, y hasta donde el narrador sabe, no lo es.

–Macho, ¿y si lo enganchamos y le preguntamos qué lleva en la cámara?

–Déjate, tío. ¿Para qué?

–¿No tienes curiosidad? Míralo, con esa cara blanquecina de enfermo. Seguro que se va corriendo a comerse el emparedado de mortadela que le ha hecho su abuela.

–Venga, macho, no te pases. No vayas. ¡Que no vayas, hostia!

«Julián Casablancas» responde Julián Morcillo. «¿Te gusta grabar los conciertos eh? ¿Y qué haces con ellos? ¿Vas solico? ¿Los ves luego con tu novia o con una muñeca?» Julián no sabe qué decir. Siempre se repite que al próximo que le diga algo le va a responder elocuentemente, pero cuando le sueltan tres frases enjugadas en la mezcla de saliva y cerveza que cubre los labios de una hiena estúpida y osada, se caga encima. No lo puede evitar. Tensa la pierna izquierda que le tiembla como un motopico, y la voz ni la articula por miedo a mostrar aún más su fragilidad. «Eres Julián Casablancas, “dejadme en paz, lo tengo todo bajo control”», pero no es capaz de gritarlo con el desgarro desvanecido de Casablancas. Julián, como todos los fines de semana vuelve a casa alicaído, aunque conforme atraviesa el umbral de la puerta la quietud del espacio cerrado, húmedo y caliente, le recuerda que ya está, que vaya corriendo al televisor y conecte la cámara de vídeo. Mientras pertrecha los cachivaches, Julián piensa en el concierto más guapo que ha visto. Lo hace temporalmente, pero además lo cubre todo de la sensación que más le ha gustado. Así pues, el cabrón a veces ni se acuerda de que se ha cagado encima cuando los borrachos se han acercado a hablar con él; tampoco quiere acordarse de que ha estado todo el concierto preguntándose cómo toda esa gente siempre tiene a alguien con quien compartir unos momentos tan chulos; tampoco se acuerda de que cuando fija demasiado su atención en una pareja que baila tan junta que solo la ropa evita la cópula, se le revuelve algo por dentro que no entiende muy bien, pero que sabe que no quiere sentir. En fin, se quiere acordar de muy pocas cosas.

La pantalla se enciende y el sonido saturado le sobresalta. Julián se recuesta en su sillón. Ha descorchado una botella de vino que lleva picado 3 meses. Los movimientos de cámara son continuos, no hay nada fijo, las imágenes sudan pánico, pero cuando encuentra el hueco, Julián llena de dramatismo el carrete. Hay un mundo, la música es solo el elemento de ensalce. Julián graba a las personas e imagina desde sus manos historias, historias de las que él mismo forma parte. Se emociona, porque llegado el momento, cree estar dentro de la película, cree haber sido él quien besa, quien ríe y quien baila. Lo hace como un bobalicón, pero no lo es. Hay un momento en el que se siente seguro. La cámara se acerca a la piel, a los intersticios de las parejas, la música sigue sonando y Julián arranca un pedazo del rollo de papel higiénico que guarda bajo el sillón. Se imagina a sí mismo llenando del gozo musical que ha recibido a una mujer. Se imagina que después de haber sudado durante una noche compartiendo sensaciones, alcohol, risas y manos, siga sudando en una cama para sellar un trato necesario. «Soy Julián Casablancas, “Leave me alone, I’m in control. Enough is enough”». Cuando el vídeo termina, Julián ha tenido suficiente y aunque tenga miedo volverá con su chaleco de plumas, sus zapatillas fosforitas, su calvicie y sus miedos a las salas. Regresará a casa, volverá a imaginar, será feliz durante unos momentos hasta que se corra, y cuando lo haga, todo volverá a perder el sentido.

Ilustración original de Mellado

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