Vuelta

El Marinero

Cuentan las grandes historias verdaderas proezas acerca de los hombres de mar, individuos estos que, en formación y trabajo colectivos, y ateniéndose a las órdenes de cada eslabón superior con singular marcialidad, sacan lo mejor de sí en el mayúsculo empeño de poner en funcionamiento el barco –él y no otro–, por inmenso que este sea (galeón o fragata) o más bien modesto (simple pesquero de bajamar), siempre con las dificultades inherentes en el arrío de las velas, el capricho de los vientos o las zonas de sombra, cuando no ignotas, encriptadas en los instrumentos cartográficos que requieren de pericia, tesón y conocimiento sin par en actividad humana. Se añaden, además, incontables vicisitudes que pueden minar el espíritu de los que allí moran por un tiempo siempre impredecible: largas distancias a cubrir, riesgo de no llevarse un penique durante la travesía o ya arribados, enfermedades varias contraídas en tierras exóticas o a causa de las ratas que se cuelan como polizonas; todo ello viene a forjar hombres de carácter, estoicos llegado el caso en el que el final puede encontrarse tras la ola en la tempestad o a la vista de galeón enemigo.

Una vez superados estos avatares, amén de muchos otros o quizá no tantos, Richard Terringham fue jubilado con parciales honores tras una vida dedicada al oficio de marino en la Armada de su Majestad, aunque es preciso aclarar que, tras veintitrés años de servicio, tal circunstancia vino dada antes de su tiempo natural. La causa: una terrible herida en su brazo izquierdo, cobro en especia de la metralla arrojada en altamar por un navío enfrentado y que devino en posterior abordaje, del que nada se enteró Terringham en tanto que malherido. En resultas del insoportable dolor sufrió un desmayo que le imposibilitó tener consciencia hasta horas después, a cuyo despertar comprobó con pavor la ausencia de brazo e inminente llegada a tierra firme donde, ya sin importar el resultado de la refriega –aunque a buen seguro saldada con victoria– , con la mayor de las premuras y a falta de unas firmas, sería licenciado, poniéndose de este modo fin a sus días de marino.

Así, vino a dar con su existencia, y en principio ya todo de lo que esta le restase, a una humilde casita de dos plantas, que había pertenecido a hombre de su misma condición ya fallecido, y situada en barrio de marineros y hombres y mujeres de mar; allí se encontraba un ilustre puerto que contenía todo tipo de barcos, por lo que no le faltó, cada vez que quería, aparecerse para vislumbrar en los momentos de atraque y desatraque los grandes buques de guerra, con gran júbilo saludados y despedidos por las gentes que poblaban el barrio. Los hijos de estas ocuparían el lugar de aquellas y también el de Terringham, aunque en este caso serían otras puesto que, en sus años mozos, Terringham nunca tuvo a bien hacer el cortejo a una señorita, a pesar de que, dicho sea de paso, no le faltaron opciones; pero el hecho de irse a la mar y las peregrinas e irregulares idas y venidas congénitas no eran del beneplácito de Terringham para formar una familia, situación que una vez mutilado, despojado del hábitat que mejor había conocido, y a sus cuarenta y siete años, menos podía esperarse: lejos del mar sin remedio, tampoco habría señora que portara su apellido. Como es sabido, el hombre de mar, al fin de sus días de servicio– si no es licenciado por muerto, claro está –vive impregnado de una extraña melancolía difícilmente disipable con cualquier quehacer: muchos han intentado desligarse del oficio y pasar a practicar algún otro, aunque por olvidar fuera; como mucho se conocen casos de quien se dedica a la redacción de sus memorias o a plasmar recuerdos y situaciones en novelas, lo que viene a ser (casi) lo mismo, pero en cualquier caso, el mar le posee a uno y con él se queda, cobrándose como víctimas en vida a quienes por él se aventuraron.

Lo que nos lleva a ocuparnos de lo acontecido después, pues aunque siempre se narre de modo un tanto caprichoso y bien pudiera habérsele puesto fin en el anterior punto, todavía no se ha desgranado lo que se pretendía contar. Terringham, aun disponiendo de espaciados tiempos de soledad que mayormente rellenaba con el recién adquirido ocio del fumar (aunque más que por disfrute con el propio acto de fumar se trataba de una suerte de infantil afición por llenar y vaciar la cazoleta, cosa que en su paso intermedio precisaba, como es lógico, fumar, y además –el llenado y vaciado– en ejercicio bastante circense teniendo en cuenta la tara que supone, a falta de un brazo, sostener con la boca o como buenamente se pueda el utensilio), en una pipa oscura y veteada, de madera exótica y obtenida por un módico precio en Nueva Guinea; en contra de lo que pueda pensarse, también pasaba no pocas jornadas en compañía de otros, bien con su criada Lucy, mujer harto inteligente y conocedora aceptable de los procederes de un navío –pues su hermano, marino, la tenía bien informada al respecto–, bien en la taberna Hastings, donde se departía de buena gana y en ocasiones con cierta virulencia sobre las principales líneas de la política internacional del momento (esto es, lo que en aquel lugar de mala muerte podía conocerse, bien poco), así como de las características de los buques que se preveía entrasen en próximos días o de las de los salientes. En el acontecer de estas entradas y salidas, Terringham ciertamente podía enorgullecerse de sus explicaciones a futuribles marineros sobre las probables tripulaciones y capitanías de las naves, para luego –llegado el caso– alardear de sus muchas conquistas a bordo de una majestuosidad similar como la que por allí pasaba, o en cualquier caso superior, que para eso era él dueño y señor de sus recuerdos, y los escuchantes, pobres ingenuos impresionables y gustosos de sus aventuras, fueran o no verdaderas.

No obstante los vaivenes del cálido vecindario y los ocasionales atiborramientos de humo, era en todo punto imposible perpetrar el engaño: era incapaz, viéndose envuelto en tales lides propias de un hombre que en cierto modo ha dejado de ser, de conseguir evadirse de una sensación intrusiva: por un malhallado golpe de la diosa fortuna se veía obligado a abandonar la actividad para la que había dedicado sus mejores años, así como su previo y preceptivo aprendizaje; sólo por una desdicha que acabó con su brazo severamente lisiado y posteriormente devenido en no ser, había sido relegado, sin posible remedio, al estatus de charlatán, cuentista de batallitas de barra, simple trovador que con el paso de los días acabaría por ser aborrecido y, finalmente, despreciado por quienes ahora le jaleaban. A este sentimiento se le venía a añadir otro, quedando así como doble e inseparable su dolencia, pues resultaba que la falta de un brazo provoca una sensación bien extraña para quien, por así decir, de ella está dotado. Se trata, en resumidas cuentas, de una dolencia singular cuya fuente reside en la sensación de vacío que el manco experimenta al querer hacer uso de la mano o brazo o pierna suplantados por el aire; la gesticulación es tan natural como abrir los ojos en la mañana para quien durante un lapso de bastantes años, el compuesto por una vida entera, había disfrutado de la extremidad hasta tal punto que se podría decir que eso era de él y, en suma, parte de él; pero ahora su físico se compondría de él menos la mano o brazo o pierna sustraída por unos avatares propiciados por él –su elección marina–, pero del todo azarosos; así pues, ¿cómo acostumbrarse a la ilusión permanente que produce este efecto, de que por unos instantes todavía se tiene lo ya para siempre perdido? ¿Cómo, además, soportar el largo vals conformado por la doble pérdida, el brazo y el mar que, girando en espiral sin cesar y cada vez a mayor velocidad, se pierde en el horizonte de un recuerdo en estado de fuga?

Hete aquí, sin embargo, un acontecimiento que cambiaría en cierto modo y a su debido tiempo las perspectivas de nuestro Terringham. La cosa fue más o menos así: a la vuelta de un vaso de cognac y una pipa bien cargada, excusadas en lo social por una reyerta dialéctica sobre las polémicas actuaciones del Ministro de la Guerra en la crisis de las Tierras Altas, y una vez retirada Lucy de sus menesteres, Terringham vio, con perplejidad, la presencia de un mapa cartográfico sobre su mesa de lectura, en el segundo piso de su casita; al fijar la vista descubrió que el mapa era un extracto de la remota región de la Argentina, bajo dominio español, en el Atlántico Sur, vaya usted a saber qué diantre hace esto aquí, prorrumpió en voz alta. Frente a tal anomalía se puso manos a la obra en la tarea de la investigación: en primer lugar cuestionándose quién podría haber dejado aquello, quizá Lucy, siendo la última en abandonar la vivienda antes de mi llegada, pensaba, sabría algo, o bien esto ha sido una jugada de los idiotas del Hastings, con lo encendidos que se ponen en ocasiones con nuestras pesquisas seguro que se quieren quedar conmigo; en segunda instancia trasladando esas disquisiciones a la realidad, interrogando a los por él pensados. Una vez hecho, solo pudo sacar una cosa en claro, que como le había aclarado Robertson –uno de los del Hastings– ,y todo según le había referido con anterioridad a este su cuñado, por lo visto las más altas instancias venían preparando una operación de acoso y conquista de las islas de nombre Malvinas, para pasar así a engrosar los terrenos inigualables del Imperio, pero más importante aún, tener relevancia comercial en la zona y de paso fastidiar en la medida de lo posible a los engorrosos pero decadentes españoles. Aunque, aclaraba Robertson, esto no son más que conjeturas, mera rumorología, pues si bien mi cuñado es buena gente, se le puede creer, ya se sabe, Terringham, con estos nuestros gobernantes hay que andar siempre en guardia, pues tan pronto nos hacen partícipes de sus conquistas y socorren en nuestra desgracia como, quizá mañana o pasado, ante la falta de grandes ingresos económicos empiecen por quitarnos la pensión a los que tanto hemos dado por la patria – finalizaba así Robertson su exposición, siempre matizada con ataques al gobierno en cuanto le fuera al uso.

Así pues, la cosa tenía su cierta miga, más si cabe con las subsiguientes apariciones, ya calladas por Terringham ante Lucy o los compañeros del Hastings, y por su parte también ocurridas entre el horario de salida de Lucy y el regreso de Terringham al hogar, esto es, con la caída completa del Sol. Los nuevos documentos que le fueron dejados o aparecidos a Terringham fueron unos planos constructivos de las diferentes secciones de uno de los buques que – era de suponer – participaría en la misión y un correo concerniente a los mandos convocados (perteneciente a un tal Drake) cuyo contenido anunciaba la partida en un plazo de dos semanas y, ¡en el mismo puerto al lado del cual Terringham residía! Ya altamente intrigado, decidió Terringham que el cuarto lunes debería permanecer en la casa a fin de identificar al sujeto que tales documentos oficiales le legaba, en suma a clarificar el asunto, pues el mosqueo alcanzaba cotas rayanas con lo intolerable; para ello, y contrariando la costumbre, hubo de dejar a los compañeros del Hastings abandonados a su suerte, y al marchar de Lucy dejó todas las luces encendidas, disponiéndose a la espera. Llegado el anochecer, comenzó a dar vuelta a la casa sin éxito alguno: allí nadie se aparecía, todo lo más se podían percibir ciertos deseos de buenas noches en el exterior, desperdigados y de irregular intensidad, seguidos del cierre de puertas, ventanas y postigos: lo de cualquier noche. Varias pipas después, y extinguidos tales ruidos (todo el vecindario en el sueño), la cosa empezaba a ser desesperante: una concatenación de silencios prolongados, solo interrumpidos de cuando en cuando por los levantares o fumares de Terringham; ciertamente aquello iba perdiendo lentamente la chispa de misterio que en un principio se le intuía, lo que empezaba a intensificar la ansiedad de Terringham y en consecuencia el hormigueo del brazo inexistente. La monotonía pasaba así a disponer de la situación a su antojo, impeliendo al fumador a seguir fumando, y conforme bajaba la guardia de su espera a martillear los pensamientos con el pasado: las informaciones dadas por Robertson, el mal del mar que le hacía mella sin remedio, ¿tendría esta aparición de documentos algo que ver con ello? Sin que le diese tiempo a proseguir el diálogo consigo mismo, y como activando un resorte, la luz que ocupaba todas las estancias se tornó oscuridad, obligando a Terringham, tras rápida y desconcertada incorporación, a encender una cerilla con chasquido inquieto, fracasando en sus varios intentos: al encenderlas se consumían como si fueran de papel, pese a lo cual él continuaba la operación, incrédulo ante lo que sucedía: una, dos, tres, cuatro veces hasta que notó algo raro en el aire de la habitación, imperceptible para los sentidos salvo el del tacto (el aire desencadenado de la nada rozaba prendas, cara y mano de Terringham). Fue desaparecer ese viento de misterioso hálito, disgregando por la fuerza de la corriente el contenido del cenicero, y regresar de improviso la luminosidad, con violencia cegadora; Terringham reaccionó como criatura recién llegada al mundo, sin saber cómo interactuar con su entorno. Una vez recuperado del extraño impacto, con la sensación de lo nunca vivido – él que por tanto había pasado – ,miró hacia la mesilla, donde encontró, recién colocado, un sobre con inscripción de sello regio: “Richard Terringham, 314, Portsmouth”. La abrió y comenzó a leer: “Por la presente se convoca al señor Richard Terringham, antiguo contramaestre de la Armada de Su Majestad…”

Ilustración original de Mellado

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