Vuelta

El Marinero

Cuentan las grandes historias verdaderas proezas acerca de los hombres de mar, individuos estos que, en formación y trabajo colectivos, y ateniéndose a las órdenes de cada eslabón superior con singular marcialidad, sacan lo mejor de sí en el mayúsculo empeño de poner en funcionamiento el barco –él y no otro–, por inmenso que este sea (galeón o fragata) o más bien modesto (simple pesquero de bajamar), siempre con las dificultades inherentes en el arrío de las velas, el capricho de los vientos o las zonas de sombra, cuando no ignotas, encriptadas en los instrumentos cartográficos que requieren de pericia, tesón y conocimiento sin par en actividad humana. Se añaden, además, incontables vicisitudes que pueden minar el espíritu de los que allí moran por un tiempo siempre impredecible: largas distancias a cubrir, riesgo de no llevarse un penique durante la travesía o ya arribados, enfermedades varias contraídas en tierras exóticas o a causa de las ratas que se cuelan como polizonas; todo ello viene a forjar hombres de carácter, estoicos llegado el caso en el que el final puede encontrarse tras la ola en la tempestad o a la vista de galeón enemigo.

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Reminiscencias de un conflicto

Caballo-negro

La cabaña se encontraba en la frontera entre los dos Estados, de manera que no se podía saber a ciencia cierta la jurisdicción a la que pertenecía, asunto en principio irrelevante tanto para las burocracias implantadas con regular éxito tras la guerra, como para quienes moraban en ella, por lo que, teniendo en cuenta el status del propietario en el momento de la unificación, quedó como en el principio, intrascendente y en el limbo legal, último reducto de los lugares exentos de impuestos por aquellos pagos. Pero entonces eran dos, muerto el tercero hacía unos años: la madre, gorda, de formas más redondeadas que una simple oronda, a la que le costaba una infinidad moverse, rebosantes las carnes por cualquier intersticio, faldones, agujeros de la ropa muy utilizada y vetusta, al igual que las sábanas, también agujereadas aunque a causa de los ratones, por las que más de una vez sobresalía alguna lorza; el hijo, por su parte, mala pasada en la gestación embrionaria, era tonto, suerte de inútil con percepción limitada de su entorno y de sí mismo, pésimo entendedor de las directrices que le fueran dadas por su madre salvo las que podía comprender un mulo: ve allá o no vayas por ahí, a lo que añadiremos trae aquello. Se trataba, por tanto, de un imbécil del que no podía decirse que fuera retrasado mental, en contra de las habladurías del pueblo (único lugar en el que entablaban ambos algún contacto humano desde la muerte del padre), cuyos designios como reducida masa (no más de unas decenas de familias) le colocaron bien temprano tal estigma. El médico local diagnosticó tras un riguroso examen de a duras penas media hora que en ningún caso aquel tipo era retrasado: como mucho se le podía tildar de idiota. Ante lo cual, en el pueblo, tras arduos intercambios de opiniones bastante meditadas, se optó por la solución salomónica: le dirían «el tarado» y así se le mencionará en lo que sigue.

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Un inquisidor en las Cortes

Ostolaza

Cádiz, 1810. Separada por un istmo de la península que es España, única ciudad libre tras la invasión napoleónica, los muros de Cádiz resistían el cerco francés con la misma firmeza que las olas sus periódicos estallidos; pues, si bien las bombas arreciaban sobre las calles, produciendo escasos muertos o el desnudo de algún edificio para ruina de sus habitantes, estos, por lo demás, realizaban vida normal.
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En el mal también hay belleza

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Año 1934. En Alemania, Adolf Hitler es el canciller desde hace ya bastantes meses. Causa fundamental, el crack del 29; la gran perjudicada de la Primera Guerra Mundial, Alemania, se hundió definitivamente en la miseria. El pueblo pide a sus gobernantes soluciones a corto plazo, cosa harto imposible teniendo en cuenta que la deuda con el resto de países combatientes de la guerra es abusiva, especialmente con el enemigo histórico, Francia. Así, el aparato de propaganda (y extorsión) nazi que antes de 1929 no había calado en el votante medio, utilizando las promesas de un futuro mejor y venganza contra las afrentas de postguerra, parece que empieza a hacer efecto. Trabajo y rearme, dice Hitler, y el alemán que va a la urna vota por la esvástica.

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En agosto del 14

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Julien se sentía más solo que en toda su vida previa. En el valle de Alsacia divisaba, entre sorprendido y alarmado, una fuerza alemana muy superior a las informaciones que manejaba. Sus superiores habían mandado a una veintena de los suyos, entre los que se encontraba él, a inspeccionar el terreno que debían atacar al caer la tarde, en el cual presumiblemente habría escasa resistencia, pues era imposible que los boches sospecharan de una gran ofensiva francesa tras la declaración de guerra. Sin embargo, los cabrones, se dijo Julien, se encontraban perfectamente preparados, esperándolos, no tumbados a la bartola y a medio vestir, relajados con sus cigarrillos de más allá del Rhin. Seguir leyendo “En agosto del 14”