Una paja de realidad

Julian

–Mira a ese tío. Es la decimocuarta vez que lo veo en un concierto.

–¿Y va siempre solo?

–Solo lo he visto con su cámara de vídeo y su chaleco de plumas.

–¿Qué cojones hará con eso luego?

Julián va a los conciertos solo. En zapatillas: cordones amarillo fosforito. En chándal: aquella equipación Kappa del Barça del ’95. A Julián le gusta que le llamen Casablancas de apellido, pero tiene poca gente que lo haga. Le encanta la música. Flipa tocando al aire cualquier instrumento, pero casi nunca puede porque está grabando los conciertos con su cámara. Julián es un tío peculiar, pero no se da cuenta. Julián vive dentro de Julián y le gusta que le llamen Casablancas porque le gusta mucho la música y flipa con los Strokes. Julián, aunque pueda parecerlo, nunca ha tenido la tentación de matar ni de pegarle a nadie. Le da rabia cuando él está bailando en trance y oye a alguien del público decir, «este grupo es una mierda». Automáticamente deja de bailar, se yergue y sigue grabando a varios metros de distancia.

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Lucifer vivirá dentro de mí

Richard-ramirez-historia-relato

“No me entienden pero me lo esperaba, porque no son capaces. Estoy más allá de su experiencia, más allá del bien y del mal. Legiones de la noche, hijos de la noche, no repitan los errores del padre y no muestren compasión. Seré vengado. Lucifer vive dentro de nosotros.“ Richard Ramírez después de ser condenado a muerte.

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Un manco en Barcelona

Barcelona

Todas las putas calles son iguales. Si te pierdes a las 7 de la madrugada sin llaves un sentimiento de fobia te rebasa. De momento son las 2 de la mañana. La ciudad está llena de paralelas y no se atisba riesgo alguno de secantes. La llaman diagonal. Una de esas puñeteras líneas oblicuas que a algún renegado se le ocurrió hacer para darle morbo a la ciudad. Como diseñar cosas en blanco. En blanco todo es mejor, se notan menos los resquebrajos. En fin, son las 2 de la mañana. Mis amigos se han ido ahuyentados por las historias de guerra de un empresario gallego. Se dedica al sector alimentario y bebe cubatas mientras come pan con tomate. Son las 2 de la mañana, pero no es extraño. Mientras se limpia aprovecha para tragar y seguir contándome cómo combatió en la revolución de Nicaragua. Se rebaña los dientes con la lengua y añade “la revolución sandinista, chaval”. Dice que ahora los jóvenes somos maricones. Ellos echaron a un dictador y nosotros no somos capaces de mantener el culo pegado al suelo de la plaza de sol. Yo asiento. Mi generación no destaca por el desacato a la autoridad. Tampoco nos lo ponen muy fácil, pero aun así nos quejamos de las multas astronómicas. No tenemos la perspectiva de un balazo en la cabeza o una paliza cada noche en el patio de una prisión. “Chaval, me caes bien. Dime qué quieres que esta noche vas conmigo.” Hace tiempo que mis amigos se fueron y no tengo nada mejor que hacer. Y lo agradezco. Que les den a mis amigos. Un gallego barcelonés me seduce con su acento y al parecer no piensa dejarme pagar.

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