Reminiscencias de un conflicto

Caballo-negro

La cabaña se encontraba en la frontera entre los dos Estados, de manera que no se podía saber a ciencia cierta la jurisdicción a la que pertenecía, asunto en principio irrelevante tanto para las burocracias implantadas con regular éxito tras la guerra, como para quienes moraban en ella, por lo que, teniendo en cuenta el status del propietario en el momento de la unificación, quedó como en el principio, intrascendente y en el limbo legal, último reducto de los lugares exentos de impuestos por aquellos pagos. Pero entonces eran dos, muerto el tercero hacía unos años: la madre, gorda, de formas más redondeadas que una simple oronda, a la que le costaba una infinidad moverse, rebosantes las carnes por cualquier intersticio, faldones, agujeros de la ropa muy utilizada y vetusta, al igual que las sábanas, también agujereadas aunque a causa de los ratones, por las que más de una vez sobresalía alguna lorza; el hijo, por su parte, mala pasada en la gestación embrionaria, era tonto, suerte de inútil con percepción limitada de su entorno y de sí mismo, pésimo entendedor de las directrices que le fueran dadas por su madre salvo las que podía comprender un mulo: ve allá o no vayas por ahí, a lo que añadiremos trae aquello. Se trataba, por tanto, de un imbécil del que no podía decirse que fuera retrasado mental, en contra de las habladurías del pueblo (único lugar en el que entablaban ambos algún contacto humano desde la muerte del padre), cuyos designios como reducida masa (no más de unas decenas de familias) le colocaron bien temprano tal estigma. El médico local diagnosticó tras un riguroso examen de a duras penas media hora que en ningún caso aquel tipo era retrasado: como mucho se le podía tildar de idiota. Ante lo cual, en el pueblo, tras arduos intercambios de opiniones bastante meditadas, se optó por la solución salomónica: le dirían «el tarado» y así se le mencionará en lo que sigue.

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El muerto vivo

Zombiii

No puedo opinar al respecto, pero quiero dejar claramente sentado que no había nada provechoso en el hecho de que esas cabezas permanecieran allí. Sólo mostraban que el señor Kurtz carecía de frenos para satisfacer sus apetitos, que había algo que faltaba en él, un pequeño elemento que, cuando surgía una necesidad apremiante, no podía encontrarse en su magnífica elocuencia. Si él era consciente de esa deficiencia, es algo que no puedo decir. Creo que al final llegó a advertirla, pero fue sólo al final. La selva había logrado poseerlo pronto y se había vengado de él con la fantástica invasión de que había sido objeto. Me imagino que le había susurrado cosas sobre él mismo que él no conocía, cosas de las que no tenía idea hasta que se sintió aconsejado por esa gran soledad… y aquel susurro había resultado irresistiblemente fascinante. Resonó violentamente en su interior porque tenía el corazón vacío”.

Joseph Conrad, El Corazón de las Tinieblas (1899)

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Un inquisidor en las Cortes

Ostolaza

Cádiz, 1810. Separada por un istmo de la península que es España, única ciudad libre tras la invasión napoleónica, los muros de Cádiz resistían el cerco francés con la misma firmeza que las olas sus periódicos estallidos; pues, si bien las bombas arreciaban sobre las calles, produciendo escasos muertos o el desnudo de algún edificio para ruina de sus habitantes, estos, por lo demás, realizaban vida normal.
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En el mal también hay belleza

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Año 1934. En Alemania, Adolf Hitler es el canciller desde hace ya bastantes meses. Causa fundamental, el crack del 29; la gran perjudicada de la Primera Guerra Mundial, Alemania, se hundió definitivamente en la miseria. El pueblo pide a sus gobernantes soluciones a corto plazo, cosa harto imposible teniendo en cuenta que la deuda con el resto de países combatientes de la guerra es abusiva, especialmente con el enemigo histórico, Francia. Así, el aparato de propaganda (y extorsión) nazi que antes de 1929 no había calado en el votante medio, utilizando las promesas de un futuro mejor y venganza contra las afrentas de postguerra, parece que empieza a hacer efecto. Trabajo y rearme, dice Hitler, y el alemán que va a la urna vota por la esvástica.

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En agosto del 14

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Julien se sentía más solo que en toda su vida previa. En el valle de Alsacia divisaba, entre sorprendido y alarmado, una fuerza alemana muy superior a las informaciones que manejaba. Sus superiores habían mandado a una veintena de los suyos, entre los que se encontraba él, a inspeccionar el terreno que debían atacar al caer la tarde, en el cual presumiblemente habría escasa resistencia, pues era imposible que los boches sospecharan de una gran ofensiva francesa tras la declaración de guerra. Sin embargo, los cabrones, se dijo Julien, se encontraban perfectamente preparados, esperándolos, no tumbados a la bartola y a medio vestir, relajados con sus cigarrillos de más allá del Rhin. Seguir leyendo “En agosto del 14”