Vuelta

El Marinero

Cuentan las grandes historias verdaderas proezas acerca de los hombres de mar, individuos estos que, en formación y trabajo colectivos, y ateniéndose a las órdenes de cada eslabón superior con singular marcialidad, sacan lo mejor de sí en el mayúsculo empeño de poner en funcionamiento el barco –él y no otro–, por inmenso que este sea (galeón o fragata) o más bien modesto (simple pesquero de bajamar), siempre con las dificultades inherentes en el arrío de las velas, el capricho de los vientos o las zonas de sombra, cuando no ignotas, encriptadas en los instrumentos cartográficos que requieren de pericia, tesón y conocimiento sin par en actividad humana. Se añaden, además, incontables vicisitudes que pueden minar el espíritu de los que allí moran por un tiempo siempre impredecible: largas distancias a cubrir, riesgo de no llevarse un penique durante la travesía o ya arribados, enfermedades varias contraídas en tierras exóticas o a causa de las ratas que se cuelan como polizonas; todo ello viene a forjar hombres de carácter, estoicos llegado el caso en el que el final puede encontrarse tras la ola en la tempestad o a la vista de galeón enemigo.

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Una paja de realidad

Julian

–Mira a ese tío. Es la decimocuarta vez que lo veo en un concierto.

–¿Y va siempre solo?

–Solo lo he visto con su cámara de vídeo y su chaleco de plumas.

–¿Qué cojones hará con eso luego?

Julián va a los conciertos solo. En zapatillas: cordones amarillo fosforito. En chándal: aquella equipación Kappa del Barça del ’95. A Julián le gusta que le llamen Casablancas de apellido, pero tiene poca gente que lo haga. Le encanta la música. Flipa tocando al aire cualquier instrumento, pero casi nunca puede porque está grabando los conciertos con su cámara. Julián es un tío peculiar, pero no se da cuenta. Julián vive dentro de Julián y le gusta que le llamen Casablancas porque le gusta mucho la música y flipa con los Strokes. Julián, aunque pueda parecerlo, nunca ha tenido la tentación de matar ni de pegarle a nadie. Le da rabia cuando él está bailando en trance y oye a alguien del público decir, «este grupo es una mierda». Automáticamente deja de bailar, se yergue y sigue grabando a varios metros de distancia.

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Reminiscencias de un conflicto

Caballo-negro

La cabaña se encontraba en la frontera entre los dos Estados, de manera que no se podía saber a ciencia cierta la jurisdicción a la que pertenecía, asunto en principio irrelevante tanto para las burocracias implantadas con regular éxito tras la guerra, como para quienes moraban en ella, por lo que, teniendo en cuenta el status del propietario en el momento de la unificación, quedó como en el principio, intrascendente y en el limbo legal, último reducto de los lugares exentos de impuestos por aquellos pagos. Pero entonces eran dos, muerto el tercero hacía unos años: la madre, gorda, de formas más redondeadas que una simple oronda, a la que le costaba una infinidad moverse, rebosantes las carnes por cualquier intersticio, faldones, agujeros de la ropa muy utilizada y vetusta, al igual que las sábanas, también agujereadas aunque a causa de los ratones, por las que más de una vez sobresalía alguna lorza; el hijo, por su parte, mala pasada en la gestación embrionaria, era tonto, suerte de inútil con percepción limitada de su entorno y de sí mismo, pésimo entendedor de las directrices que le fueran dadas por su madre salvo las que podía comprender un mulo: ve allá o no vayas por ahí, a lo que añadiremos trae aquello. Se trataba, por tanto, de un imbécil del que no podía decirse que fuera retrasado mental, en contra de las habladurías del pueblo (único lugar en el que entablaban ambos algún contacto humano desde la muerte del padre), cuyos designios como reducida masa (no más de unas decenas de familias) le colocaron bien temprano tal estigma. El médico local diagnosticó tras un riguroso examen de a duras penas media hora que en ningún caso aquel tipo era retrasado: como mucho se le podía tildar de idiota. Ante lo cual, en el pueblo, tras arduos intercambios de opiniones bastante meditadas, se optó por la solución salomónica: le dirían «el tarado» y así se le mencionará en lo que sigue.

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Lucifer vivirá dentro de mí

Richard-ramirez-historia-relato

“No me entienden pero me lo esperaba, porque no son capaces. Estoy más allá de su experiencia, más allá del bien y del mal. Legiones de la noche, hijos de la noche, no repitan los errores del padre y no muestren compasión. Seré vengado. Lucifer vive dentro de nosotros.“ Richard Ramírez después de ser condenado a muerte.

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Un manco en Barcelona

Barcelona

Todas las putas calles son iguales. Si te pierdes a las 7 de la madrugada sin llaves un sentimiento de fobia te rebasa. De momento son las 2 de la mañana. La ciudad está llena de paralelas y no se atisba riesgo alguno de secantes. La llaman diagonal. Una de esas puñeteras líneas oblicuas que a algún renegado se le ocurrió hacer para darle morbo a la ciudad. Como diseñar cosas en blanco. En blanco todo es mejor, se notan menos los resquebrajos. En fin, son las 2 de la mañana. Mis amigos se han ido ahuyentados por las historias de guerra de un empresario gallego. Se dedica al sector alimentario y bebe cubatas mientras come pan con tomate. Son las 2 de la mañana, pero no es extraño. Mientras se limpia aprovecha para tragar y seguir contándome cómo combatió en la revolución de Nicaragua. Se rebaña los dientes con la lengua y añade “la revolución sandinista, chaval”. Dice que ahora los jóvenes somos maricones. Ellos echaron a un dictador y nosotros no somos capaces de mantener el culo pegado al suelo de la plaza de sol. Yo asiento. Mi generación no destaca por el desacato a la autoridad. Tampoco nos lo ponen muy fácil, pero aun así nos quejamos de las multas astronómicas. No tenemos la perspectiva de un balazo en la cabeza o una paliza cada noche en el patio de una prisión. “Chaval, me caes bien. Dime qué quieres que esta noche vas conmigo.” Hace tiempo que mis amigos se fueron y no tengo nada mejor que hacer. Y lo agradezco. Que les den a mis amigos. Un gallego barcelonés me seduce con su acento y al parecer no piensa dejarme pagar.

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